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viernes, 13 de junio de 2014

Pléyades

Al sueño de un Padre.
Por Miguel Jaimes. Los bólidos de las Pléyades provienen del sacrificio de cientos de palomas. Una a una salieron en formación con la intención de poder conformar doce, a fin de homenajear a los meses del año, pero cinco de ellas se cayeron quedando solo siete. Entonces fueron dedicadas a los días de la semana y así se les conoce como siete hermanas, cabrillas o cabrillos.
Para sentirse protegidas pasan a un lado del velo de la antigua constelación de Tauro. Este grupito de jóvenes estrellas van juntas pero permanecen a años luz del alcance de un ser humano; solo aquel que logre tocarlas cambiará el amor en la tierra de millones de humanos y las cosas de este sentimiento podrían ser otras.
Son las estrellas más grandes y brillantes de la multitud, color blanco azulado y cerca de cinco veces más grandes que el sol. Están encargadas de calibrar las distancias entre el acercamiento de los buenos, hoy muy distantes pues la tierra —para huir de las guerras— aceleró su movimiento y dejó a las Pléyades fuera de su alcance; todas se estrellaron y la vida en la tierra cambió demasiado rápido.
Por ello su distancia se desconoce y su efecto aún no puede ser alcanzado. Las nuevas se reunieron en un grupo de quinientas estrellas azules y solo siete de estas pueden ser vistas.
Entonces sus vidas han quedado reducidas a polvo del cual se espera que en este momento esté cayendo para ser absorbido por miles. Las primeras arenas se depositaron en altas lagunas y muchos han de tener que viajar hasta lo más alto de las montañas para poder beber el efecto deseado. Allí arriba se han reproducido por miles y aguardarán la celebración de las futuras visitas. 
Ellas anuncian días invernales, tristes, pero la fórmula será rota cuando un hombre logre tocarlas, pudiendo romper el maleficio de una soberbia que acabó con la vida de cientos de guerreros cuando estos viajaron hasta más allá del cielo para convertirse en el polvo del corazón.  
Muchas de ellas se espera que caigan sobre mercados, pues las asocian a la vida de los lugares donde conversan todos inundados de sabores, colores y recetas de viejísimas comidas.
Columna La Mucuy 
@migueljaimes2
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martes, 10 de junio de 2014

Taza por Miguel Jaimes

Por Miguel Jaimes.Viejas tazas de peltre que en sus orillos guardaban sueños de los labios de viejas inocentes. Jícaras inundadas de café hirviendo, más leche con sauco para controlar las flemas y la tos envejecida por aquellos días de heladas no tan inconclusas. Tazones rebosados de cacao cocido cuyos chocolates intentaban detener el frío en los vientres de carajitas recién desarrolladas.
Por eso hubo pocillos eternos, otros intocables y algunos más envejecidos que el tiempo de sus dueños, al morir, los dejaban como herencia a cercanos seres queridos. Sus orillos quedaron manchados por el tiempo y muchos de ellos quedaban asignados. Otros tenían el nombre de sus dueños.
Algunos familiares habían partido con el descubrimiento de los años dejando el tazón dentro de eternas despensas, allí permanecía por años hasta que el tiempo los hacía regresar, y sus dueños volvían a calentarlos haciendo que sus asas se tranquilizaran pues las ñemas de sus dedos las extrañaban.
Aquellas tacitas fueron de colores verdes, rojos y blancos con bolitas esmaltadas, sentidas en el tacto de los dedos, acariciadas una a una, conocidas en sus partes y por los lados que estaban averiadas se convertían en las compañeras de noches de los tiempos difíciles, cuando las fiebres delirantes tomaban a sus dueños. Incluso hubo quienes fallecieron con las vasijas en sus manos, quedaban tibiecitas cuando el cuerpo se congelaba y petrificaba los sentimientos más guardados.
Fueron tazones que diariamente soportaban guarapos, té, infusiones y ramas. Recibieron migas de pan y escucharon el ruido de paquetes inflados de galletas tostadas con sal. Sus fondos eran raspados y revueltos por patronos que deseaban sacarles líquidos escondidos y pedazos humeantes del pan perdido.
Tazas desportilladas, puestas sobre hornillas, calentadas entre topias, resistieron cuentos y avatares de sus dueños. En ellas quedaba la vida diaria. Su presencia era esperada, cómoda, daba tranquilidad y después —con el tiempo— las ponían a descansar como cachuchas sobre estacas que resistían falsos amarrados con alambres de púas y en los mata ratones que dividían los campos de sus parientes.
Columna La Mucuy
@migueljaimes2
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lunes, 2 de junio de 2014

Antier por Miguel Jaimes

Antier por Miguel Jaimes. Un hombre joven pone a tocar su rocola; parece extraño, inusual y conservador. En muchos de sus caminos ha encontrado notas, pero una en especial detiene su atención; esta escurría sobre el pie de dos caminos. Más tarde, ya muy viejo, dio a conocer aquellas envejecidas letras: Una dulce guía deambulaba de aquí para allá, iba hasta el río y de allí volaba hasta las colinas de unas rocosas montañas capaces de ver sólo por él. Mostraba hasta lo desconocido, pero apenas era un tripón para que alguien me le creyera y a muchos poder convencer, pero sin saberlo quedó atrapado en medio de aquellos dos caminos.
A partir de ahí son cosas de los buenos destinos los cuales le hicieron desaparecer por un instante, pero en verdad fue más de tres décadas y medias. Aquellos eran únicos caminos, aún están; por esos lados se pasa de páramos a montañas y aún se esconden las mismas piedras. Son impares las vías para llegar hasta los descendientes de algunos pueblos donde todos, por fuerza del aislamiento, eran familiares.
O te casabas con una prima, o te ibas porque no había de otra. Por eso todos estaban cruzados desde muchos años atras, incluso hasta quienes no nacieron por allá, pues a sus padres con algo de sensatez les daba miedo que sus hijos fueran sordos, mudos o lo peor, tarados.
Pero seguían siendo tan de allá que hasta decidieron los que nacieron por aquí con sus caras de andinos tristes o perdidos, al menos llamarse por sus mismos nombres. Pero allá una cosa es ser de Los Andes no importa de cuál pueblo vengas, siempre y cuando hayas usado ruanas, pantalones de kaki y alpargatas porque, por supuesto, todo eso es de andinos.
Pero cuando las cosas son afinadas, entonces las gentes de los mil pueblos parecen como una cosa aparte y a veces hasta raras expresiones tienen. Pero todo se consigue en los días de antier los cuales te descubren en una época apartada para alguien pero escogida desde dos caminos, a quienes le dieron vías distintas, pero siempre más de una. Quien camina por dos caminos encuentra las hojas de otros árboles.
Columna La Mucuy
lamucuyandina@gmail.com
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martes, 27 de mayo de 2014

Félix

Por Miguel Jaimes. Félix, Félix… solo bastaba escuchar aquel desatinado nombre y el mismo era suficiente para salir corriendo derechitos para la pila de agua que se encontraba cerquita del tinajero.  Ese era el tío Félix, más bien en realidad se comportaba como un primo de la Mama de una señora llamada Dilsia, a la cual todos la tenían como la suegra del pueblo. Unos por temor le decían tío y hasta el día de su lúgubre muerte lo tuvieron que mentar de esa manera pues la aprensión era mucha.
Ese bendito del Félix era terrible, malo, nadie podía con él, ni su Madre. Se sentaba en la puerta de su casa y se comía todas, una a una, sus uñas. Perseguía a los niñitos que mandaban en pantuflas y pantaloncitos cortos para la Bodega de Orangel.
Algunos de ellos sucumbían ante su temor y no podían controlar sus miedos, dejando caer la bolsita del mandado con las puyas, medios y lochas que se les zafaban de sus dedos inundados de sudor convertidos en resbaladizos aceites.
Algunas mañanas amanecía furioso cuando su Mama Dilsia le daba unas tanganas con bejucos del temido árbol de las brujas El Maitín. Esas palizas eran parecidas a las que contaron de abuelas en abuelas cuando los cirineos agarraron al Nazareno.
Entonces Félix corría furioso y cuanto muchacho se encontraba tras el trajinar de sus abarrancados pasos, pues era sencillo: la pagaría con el infortunado inocente. Y así fue creciendo, se hizo como dicen por ahí hombre, pero no maduró su soberbia, cosa que lo embromó hasta el día de su muerte a la cual únicamente asistieron el monaguillo y el sacristán, y eso por el compromiso de estos con Dios.
Se dice que ha sido el único féretro que permaneció ocho días bajo unos gigantescos cópiales de aguas los cuales no descansaron. Gentes de pueblos cercanos llegaron a decir que eso también eran castigos de Dios en contra de la gente por esa decisión tan dura.
Y tuvo que bajar —uno a uno— toda la gente de La Mucuy y hacerle misa al pobre Félix para que le dieran sagrada sepultura. Tuvieron que agarrar barretones, canaletes y palas para enterrarlo o el agua los devoraría.
Columna La Mucuy 
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viernes, 9 de mayo de 2014

Pañetes

A los barros de Natividad Niño.
Por Miguel Jaimes. En las viejas casas de La Mucuy, una de las partes que más se cuidaba en aquellos hogares eran sus techos. Sobre ellos estaban descansando tejas antiguas; muchas de ellas venían de otras casas, pues cuando se caían, había cambios o remodelaciones, una de las partes que más se rescataba y se le prestaba mayor cuidado era a las tejas.
En la construcción de los techos estaba el futuro del hogar, pues cuidar que los mismos no se filtraran era la principal tarea de todos. En esa parte alta de las casas vivía el futuro y permanencia de las familias y tenían cuidarlos por las complicaciones diarias de la naturaleza.
Aquellas rancias cubiertas inclinadas y de dos aguas parecían caídas de montañas; cada una adornaba la casas. Debajo de ellos eran sostenidas por varas de carruzo —caña brava pegadas con barro preparado— el cual permanecía seco como el polvo y llevaba una delgada capa de friso, eran arreglados con pintura blanca, atravesados por gruesos travesaños los cuales eran vistos desde abajo como estructuras ingenieriles, brillantes de colores azules.
Los años de estos frisos cuarteaban sus estructuras, sufrían grietas y se fracturaban viniéndose al suelo, estrellándose y causando fuertes estruendos. Caían sobre pasillos, muebles y rincones. Inmediatamente los reparaban colocando largas escaleras con travesaños de madera soportada por gruesas varas de bambú, huecas por dentro. Arriba iban tobos de barro mojado para rellenar el derrumbe de los pañetes.
Los techos se humedecían formando grandes manchas que crecían como redondas tortas, enmohecían sus frisos e irremediablemente también se venían abajo mientras eran limpiadas por largos escobillones, mientras sus dueñas iban golpeaban los techos y arriba en sus tejas, los albañiles escucharan los golpes e identificaran las tejas por reparar, colocarles cemento llevado en tobos untados con palustres de mangos curados.
Así eliminaban goteras y reparaban pañetes que descansaban sobre largas maderas, sostenedoras de pesados armatostes cortados en menguante mensual para soportar la vida y eternidad de los hogares.

Columna La Mucuy 

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lunes, 21 de abril de 2014

Retablos

Los ángeles parieron en Aracataca un hijo: Gabriel García Márquez.
Por Miguel Jaimes. Eran los retablos de maderas astilladas por las manos del tiempo. Formaban el volado de una pequeña ventana azul cielo que se veía a lo lejos con dos contraventanas pequeñas, apenas sobresalía una diminuta silueta de cabellera negra sujetada con un sorondo en forma de cebolleta, pero su piel curtida estaba surcada por mil arrugas maquilladas con tinturas de onotos frescos y en los labios usaban manteca de cacao.
Así lucía Bartola, una viejecita a quien jamás se le veía el cuerpo porque vivía encerrada en una pequeña casa que un marido tuvo y después la había dejado sola, criando dos gatos y un perro desconocido.
Aquellos animalitos llegaron a ser en su tosca vida eternos compañeros los cuales le habitaban la vigilia perpetua. Pero Bartola no entendía y se asomada siempre espiando con el mismo vestidito clarito de tanto lavarlo y procuraba no estornudar cuando lo llevaba puesto, pues creía que iba directico a deshilacharse. 
Pero un camino llevadero la mantenía a la espera de un viajero quien había prometido regresar en poco tiempo, pues le inquietaba y prefería distraerse con todo lo que pasaba y se propuso probar sobre la palabra una conversa que entablaba ligero. Decía que el pueblo entero conocía su dulce espera; por eso verla asomada en el cuarterón no era cosa nueva.
Pero una mañana no estuvo y al mediodía tampoco; ya en la tarde preocupados los vecinos decidieron levantar el falso sostenido por un solo alambre a medio sujetar, todos pasaron y de una se desarmó; entonces rápidamente pensaron en violentar el tranquero y la encontraron cerca del tragaluz pero esta vez con un vestido nuevo, igual que siempre esperando por su amor viajero.
Ella era hermana del tío Félix, sobrina de una tía loca y nieta de una abuelita de ciento tres años; muchos la conocieron, otros la vieron por vez primera ese día, cuando la encontraron pálida y sin habla, pero a todas luces iba para otro mundo, todos sabían sin que nadie lo hubiese comentado que estaba henchida de amor y de muchos de los recuerdos inc
Columna La Mucuy 
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sábado, 12 de abril de 2014

Montes

Por Miguel Jaimes. Gente de las montañas afirman que las hierbas siguen asociadas a los ciclos del tiempo y a los meses del año donde florecerá cada una de ellas. Su magia supone el desnudo de sus fragancias las cuales abren poros, ablandan la intranquilidad y afloran los más suaves sentimientos de relajación. Esto se da en medio de la luna rosada y parece la suerte de un astro.
Todo es debido a las peticiones de Semana Santa por quienes nunca se cansaron de habitar y entender secretos de gigantes rocosas de la Sierra Nevada. Sitios que descansan como inmortales espías al asiento de La Mucuy merideña. Este nombre viene dado desde la confección ambiental del musgo antiguo crecido bajo el resguardo de troncos blancos. Es el acuerdo de pálidos asuntos con vientos escondidos que van y vienen azotando hierbas de suaves colores.
Son las cepas que se atrevieron a brotar desde el sueño de distantes horas, encubridoras por flores y orquídeas de los tres meses que vendrán avistados de flexibles primaveras. Gigantes eternas, hijas de nenúfares ardorosos, encontradas en la repartición de estaciones etéreas, inundadas sobre lagunas de máscaras arropadas entre hielos de glaciares dormidos, atentos a la protección con velos de neviscas de indias enamoradas, quienes en cada lágrima formaron ilimitadas albercas hechizadas sin fondo ni períodos.
 Otros nombres las incluyen como Luna llena de hierba de brote, Luna de embrión y algunas tribus andinas de las altas montañas la conocían como Luna llena del pescado, a causa de los momentos en que las truchas inician la marcha nadando corriente arriba para desovar. Eran justo los días cuando aparecían soles auxiliados de los meses de abril con mayo, cuando tres clavos arroparon con nostalgias los últimos suspiros en un triunvirato de cruces que guardaron secretos de recuerdos adoloridos.
Todo será a causa de las hierbas de estolones, mínimas hojuelas delicadas y elásticas. Están en la fila de todos los verdes contiguos y nunca mueren pues sus talluelos duermen en cada estación y cada día salva sus hojas.
Columna La Mucuy 
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martes, 8 de abril de 2014

Fajeros


Por Miguel Jaimes. Los fajeros eran tejidos hechos con rollos de cabuyas templadas salidos de los cortes de cueros nobles, suavizados, pero con el tiempo de no usarlos, podían volverse secos, ásperos y arrugados. En sus confecciones se les hacían unas disimuladas busaquitas donde se guardaban morocotas. Esas monedas eran importantes ya que fueron usadas en diversas transacciones, apuestas y pagos de compromisos adeudados. En aquellos tiempos todos los saldos serían sellados a punta de oro cochano. Hasta las promesas de amor se debatían en aquel metal.
Los viejos las usaban como emblemas de recia autoridad y en algunas de sus partes les clavaban sus iníciales. También les sirvieron para defenderse de los malos espíritus que salían en las horas de madrugadas detenidas, justo cuando los dueños de casa regresaban de sus farras, enfrentándolos con fajeros que estaban bendecidos, descruzados y protegidos por las fuerzas divinas.
Con estos fajeros cuerearon a los espíritus burlones. Por esa razón quienes los llevaban puestos a la cintura como cintos de autoridad representaban amuletos de protección y con ellos podían salir y andar por caminos ocultos, más cuando la Luna estaba llena aprovechada de zánganos ocultos, los del más allá, quienes salían a espantar como aparecidos indeseados.
El grosor, color y elegancia de aquellos cueros dieron autoridad y respeto. En muchos de ellos iba terciado un puñal o colgaba un afilado machete con mango pulido de cacho de venado; otros llevaban cartuchos de balas con un revólver reluciente bien guardadito para las necesidades oportunas y muy necesarias.
Algunos de aquellos fueron heredados de padres a hijos llegando a usarlos los conchabados a quienes se les veía apretujárselos en sus cinturas. Constreñidos quedaban por la seguridad de las gruesas hebillas, realizadas en bronce, lucían alisadas, tenían de a dos y hasta de tres ganchos o pasadores para que se vieran bien ajustadas. Esos garabatos entraban suavemente en agujeros muy gruesos; por eso algunos llegaron a pesar hasta quince kilos.
Columna La Mucuy 
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martes, 1 de abril de 2014

Díctamo


Por Miguel James. El Díctamo Real es una planta santificada a la que muchos guardan cierto comentario de magia pura; quizás solo existió una vez y nunca más nadie se atrevió a hacerla aparecer. Esta inocente planta se da por los lados donde permanecen agarrados de las rocas los misteriosos venados, de allí el sol de los venados: quienes toman el calor de los últimos minutos de la tarde mientras se alimentan.
Dicen que sus hojas, tallos y raíces dan larga vida, salud y felicidad. Quien beba aquellas misteriosas infusiones tendrá asegurada la desplegada duración. Esta secreta mata se encuentra detrás de La Mucuy por donde los sabios llamaban los altos paramos de El Cardenillo, allí donde las rocas son como en forma de los pájaros cardenales.
Justo allí se desprenden dos altos collados, el de El Cardenillo y el de El Alto niño. Fríos espacios donde sus hojas crecen en libertad. Muchos pobladores cuentan que sus cogollos son calientes y por lo tanto pudieron ser utilizadas para protegerse de los intensos ventarrones, pues cuando llegan parecen invencibles, solo derrotados por el calor que da el Díctamo Real.
Sus infusiones sirven para derrotar los estragos del cuerpo, gripes y las descomposturas que dan solo cuando se abusa de las grandes comidas y bebederas. Nadie teme enfermarse si previamente se le tiene en la antigua caja de las ramas secas.
El Díctamo Real guarda los secretos de feroces entierros, justo cuando sus días en las tierras no aguantan muchas noches de excavaciones y las promesas se extinguen por la entrada de un nuevo siglo, pues los rituales quedaron atrás, expiraron.
Algunos cambios logran afectar íntimos recuerdos muy bien ocultos. Estos arbustos fueron capaces de aguantar la noche de las traiciones y vio colgados desde árboles de Maitín a quienes despidieron sus almas de los compromisos eternos.
Del Díctamo Real se sacan jarabes cálidos, agradables, pero cuando las enfermedades son traicioneras para el cuerpo, entonces se tornan fuertes de dominar y su magia cercana aparece frente al indefenso para enseñarles el ánimo de curarse.
Columna La Mucuy 
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lunes, 17 de marzo de 2014

Mercado


Por Miguel Jaimes. El camino al mercado era travieso, sinuoso cuando los días de lluvias interminables inundaban hasta los caminos de buena voluntad y sus rondas floreadas se distanciaban de a momentos. Ir al mercado significaba conocer otra parte de la vida de un Padre constante, silencioso y muy animoso. Era encontrar viejos amigos mientras se olían sabores de especies y esencias más de lo normal.
Era cargar un mercado de rebajas con ofertas extraviadas pero encontradas que iban haciendo la receta de la casa. Estar allí sin saberlo hacía una vida descubierta en una manera de vivir. Estantes de madera retocados en pinturas blancas de aceite que curaban astillas y hacían de la colocación de quesos, chorizos y cuajadas una vena fraterna de recetas hechas en una casa montañosa, solo para constantes clientes quienes abrían los días pidiendo productos frescos y económicos.
Eran momentos armados de proyectos, constancias de compradores que dejaban partes de una vida. Era sentir a gente muy pobre, algunas confundidas, casi perdidas entre el medio de olores de pasteles, empanadas, fritangas y cafés de varios aromas.
Toldos cubiertos por medio de lonas traspasadas parecidas a texturas de cueros salvajes. El mercado es la improvisación de construcciones donde todo es posible. Remiendos, hechuras, clavos y golpes sostenidos por techos de colores perdidos.
Pesos, arrobas, libras, quintales, docenas de verduras y cuentas de panes dulces con sabores de vendedoras. Hierbas, pompones, flores, claveles, café tostado, maíz pilado y molido, numeritos para una rifa diaria, sopas, sancochos, nada escapaba a las medidas, rebajas y encomiendas más sus encargos.
Escalones repletos de hortalizas, verduras, carnes y aves de varios colores, vivas, con sus picos abiertos advirtiendo a su nuevo dueño que las haría despresar. A un lado en un rincón apacible más quieto de lo normal una imagen, una virgen, velones, velas, rosarios, camándulas y peticiones. Que la comida rinda con el poco dinerito y que al sacrificado vendedor no se le quede nada.
Columna La Mucuy 
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domingo, 23 de febrero de 2014

Botiquín


Por Miguel Jaimes. Entre la entrada de Mucusarí y antes de la elevada subida de Los Sauces, justo en medio de una cuadra de una inoportuna esquina caliente quedaba el botiquín de Domingo Espinoza. Era un lugar de reunión de alpargatudos y trajeados con vilkrin a quienes le relumbraban sus cabelleras encremadas.
En estos lugares la clase se perdía bebiendo leche de burra y aguardiente de esa caña que era cosechada especialmente bajo El Vegón, allí bien cerquita de un río caudaloso que no se atrevía a llevarse sus ramas que se dejaban ver entre la tierra y el agua enfurecida.
Todos felices se quedaban contando historias que hacían apretarse la correa y el guaral para salir del lugar porque la nocturna los podía asechar y no les quedaría otra que caer rendidos ante sus encantos, era un espanto de mujer muy alta, sensual, vestida en aquella túnica blanca que dejaba ver toda su esbeltez y una larga cabellera que el rostro no dejaba ver, y solo con escuchar su lamento a Melecio lo dejó hablando al revés.
Después de aquellas borracheras había que salir apurao y de paso bien rascao, pues si no te agarra ella, te encuentras con la tranca de la empalizada que les atestaban a los más atrevidos de la noche, cuando veían entrar a algún aguarapao sabían que después los dejaban tiesitos del susto sin poder mirar ni para atrás, porque de solo escuchar que iban para el botiquín de Domingo Espinoza, más nunca se les ocurriría acudir así fuese por la oferta de tragos gratis.
Pero aquel bar no era de apariencia legal. Fue la costumbre de Domingo Espinoza de querer estar cerca de sus amigos que una noche prefirió que su prometida se fuera antes de poder entender que la convivencia de ambos sería la fórmula de perdurar.
Entonces cortó con un afilado machete gajos tiernos de un Maitín y los quemó bajo el entierro de una luna no tan fresca que de tanto humo echar logró confundir la buena intención de las estrellas y con un maleficio inoportuno murió, pero su ánima quedó rondando sin entender su error y ahora dedica sus suspiros fracasados para asustar a los amigos de Domingo Espinoza.
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Mecedora


Por Miguel Jaimes. Las mecedoras eran unas sillas gruesas y pulidas que se quedaban descansando en los rincones de las casas, utilizadas por las matronas, veteranas incansables con manos limadas como los mangos de sus butacas.
En La Mucuy uno de estos asientos en particular forjó una historia. Era el de doña Sinforosa. Ella misma contaba que en uno de sus viajes a los pedregales eternos se la había traído al hombro desde el Páramo del Muerto. Un lugar que a pesar de lo lúgubre de su nombre era más bien apacible, cálido, entretenido y muy helado.
Allí llegó a un refugio muy sonado, particular, pues solo algunos escogidos fueron seleccionados para recibir los regalos de aquellos sitios. Varios contaban que un día llegó un hombre, estaba barbado, era corpulento y pesado en su andar. Dicen que cuando aparecía el refugio se encendía, quedando alumbrado mientras su permanencia era sentida en aquellos sitios.
Pero un día partió llevando al hombro una pesada mochila, adentro tenía un inmenso reloj, era redondo y pesado, todas sus partes brillaban sobre un mecanismo que funcionaba dándole cuerda.
Aquel péndulo fue muy parecido a una maquina blindada y su cuerpo era de bronce. Pero el ermitaño antes de partir advirtió que el próximo regalo sería para una mujer que pasaría los cien años y que su nombre sería muy recordado. Aquella dueña vendría en un caballo el cual fallecería por estos sitios.
Y así fue, sucedió de esa manera, para cuando Sinforosa apareció por aquellas montañas el destino la llevó rumbo a aquel refugio para encontrar su silla que después se hizo eterna.
Ella lo descubrió tal y como la historia estaba escrita, Sinforosa se llevó su andamiaje al hombro, lamentó la muerte de su rocín, pero caminó durante horas y leguas. Después del interminable transito del camino llegó hasta su casa, buscó el puesto que ya tenía reservado, lo tocó y dejó acomodada la inmensa y asombrosa dormilona. Desde entonces se mece y con ella balancea los sueños dejados en aquella modesta mecedora.    
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martes, 11 de febrero de 2014

Mariana


Por Miguel Jaimes. Mariana Monsalve fue una viejita que tuvo la suerte de haber vivido los años en que los sueños eran dedicados a la Independencia. Cabalgó con su época y una mañana del 10 de junio de 1813 después de pasar grandes terremotos encontró a Simón Bolívar, iba tras su paso por Tabay a solo escasos metros de la entrada hacia lo que ya algunos indígenas llamaban La Mucuy.
Mariana nunca había visto a aquel extraordinario hombre, y le exclamo: eres El Libertador, Dios te guarde”inmediatamente Bolívar descendió de su brioso caballo y en un gesto de saludo recibió a su visitante.
Miró sus arrugas y vio en ellas muchas marcas, quizás eran la de su madre, quien una vez había tenido la suerte de poderla acompañar hasta la edad de los más inocentes pasos de su vida.
Mariana inmediatamente dijo: “soy muy vieja para unirme a sus ejércitos, sería un estorbo, no tengo hijos ni esposo, pero toma te entrego mis prendas utilizadas cuando joven y las cuales guardé cuando un ángel me habló de su paso y así se está cumpliendo”.
Seguidamente sacó un pañuelo derruido más por los pasos del tiempo que por los usos de aquellos encapados días. Y  en una busaquita que pesada varias libras entregó joyas, anillos y cadenas grabadas con diminutos brillantes traídos del Perú, todo lo obsequió sin dudar para después señalar que llegó a vivir hasta aquí por la causa bolivariana.
Prontamente Bolívar exclamo: "Estas Libra salvarán los destinos de esta patria, huérfana hasta ahora sin saberlo, buscada sin saber que a pasos de sus casas estaban las Madres salvadoras de las más raras tristezas".
Luego siguió con sus pasos, llegó a Mucurubá y de allí a Mucuchies. En su descanso durmió para luego proseguir los caminos que lo llevaron hasta los sueños de sitios más lejanos.
En secreto se afirma que en La Mucuy aún quedan cinco casa antiguas y una de ellas fue visitada por Bolívar. También comentan que por uno de esos sitios todavía permanecen guardadas armas, espadas, cañones y mosquetes de aquella gran revuelta.   
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viernes, 31 de enero de 2014

Funeral


Por Miguel Jaimes. Cuando llegaban los días de los funerales mandaban a comprar las Cuentas de pan. Eran unos paquetes con cien unidades de pancitos pálidos como las lágrimas. Eran los días antiguos cuando los hombres cargaban sus escopetas y se iban en la persecución de Rabipelados, conocidos como Faros.
Pasmados animalitos, familiares de roedores veloces capaces de dar gusto a los apetitos trasnochados con la llamada Sopa de velorio. Rico y caliente consomé en el cual cada verduras iría picadita en formas de cuadritos pequeños.
Mientras el finado era preparado en la escogencia de dos mujeres y un hombre que cumplían sus secretos bajo un ritual limpieza, pues debía llegar al cielo bañado y perfumado, uñas limpias y recién cortadas, hasta con un poco de perfumito.
Los viejos finaos se ponían muy duros, entonces en unas grandes ollas mantenían aguas hirvientes con ramas calientes, introducían sus manos y pies para enderezarlos, colocarles medias nuevas con zapatos brillantes, así unir sus dedos entre crucifijos recién comprados para que el difunto llegue con todo nuevo al cielo, pues en los velorios las viejas se reunían y criticaban.
Estos días pasaban cuando manos enviadas invitaban a caminar sobre calzadas donde los terrenales sentían miedos a pesar de andar resguardados. Era increíble llegar a funerales donde el silencio creía haber olvidado los caminos. Cuando se recordaba en medio de las carretas que había que continuar.
 La escuela aún no está desierta, ese niño todavía está allí, canta y hace sus tareas retardadas, serán las que ahora haga en alguna parte de un cielo inexplorado. Cuando llegan los hermanos a ser gentiles y todos pueden volver a buscarse. Esos eran los grandes días de un funeral, cuando descubrían recuerdos de aprendices y se va hasta las puertas de los viejos amigos, quienes rondan esperando los toques en los postigos de los velatorios.  
Son los tiempos en que los salones se abren a los grandes funerales, cuando se permiten amistades con un pedazo de música, un instante de un reciente turno y un aplauso entre bondadosos recuerdos.
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viernes, 24 de enero de 2014

Batea

Por Miguel Jaimes. En la única esquina de La Mucuy donde vivió un mulato que anduvo rondando los cincuenta años, contó en una tarde escrupulosa como descubría su edad. Era conocido solo por algunos como Juan Batea, remoquete acuñado desde que supo sus oficios de Padre, quien tras las primeras peroratas de los gallos ingenuos todos se iban levantando para preparar a tiempo las formaletas con las que se podían armar eternas bateas.
Todas aquellas bateas comenzaron a ser encargadas por algunas señoras del pueblo y otras que disimulaban serlo, algunas habitaban en otros sitios cercanos y aquellas que ya no visitaban las riberas de un rio olvidado donde un día distante pudieron lavar sus ropajes bajo afectuosas aguas cristalinas. Eran las corrientes venidas por tiempos cedidos en tierras muy inconformes las cuales descendían desde unas cimas transparentes de algunas montañas asoladas por los pasos antiguos de mortales flechas esperadas.
Su elaboración era eterna y con el pasar de algunos lugares las bateas recordaban formas que estaban destinadas a perecer en un cuarto empolvado. Todo aconteció cuando el agua potable llegó a las casas y todos quisieron tener una de aquellas formaletas diseñadas a su gusto y necesidad. Inmediatamente su soñador entendió su encargo y comenzaron a ser elaboradas con tierra de quebradas movidas y más tarde con la entrada de un cemento sacado de una calera extraña la cual se dejaba ver solo por algunos, así fueron terminados los resistentes modelos.
Una vez santiguada el agüita iniciaban su fabricación. Juan Batea con un canto negrero en los labios que de su taita aprendió, descubría jornadas sabrosas y las bateas quedaban impregnadas de amor, el cual se metería en las fibras de las ropas que en ellas se lavarían, invitando a los amantes a locas pasiones.
Pero pasando muchos años su fabricante murió y dejó a su hijo la labor heredada para realizarla con esmero y dedicación, antes del contrato a cada cliente contaba la historia de su mentor de un artesano más antiguo que su padre, quien llevaba en su sangre el oficio con el que su guía lo crió.
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miércoles, 22 de enero de 2014

Lloviznas

Por Miguel Jaimes. Los cuentos ilustrados traen lloviznas y memorias encharcadas de acontecimientos guardados. Eso hacía recordar cuando algunos espantos salían ahuyentados de sus casas tal cuál aves oscuras que por vez primera abandonaban sus nidos, eran los sitios donde habían nacido después del olvido de noches relampagueantes con lluviosos turbiones que no dejaban dormir.
Llegaban vestidos, paseándose como animalitos de montañas invisibles, descalzados, descamisados, apenas llevando bolsas de tiendas pobres, todo sucedía en el camino de una quebrada suave, mañanera y movida con horas de tardes que recibían el chaparrón de un galgo enamorado.
Juntos bajaban a pescar persiguiendo deseos bajo un agua de sorpresas. Otros lanzaban piedras a cuanto pájaro veían y por eso la Pavita de la montaña los confundía, perdiéndolos por horas o días según el daño. Ya de regreso, cansados y hambrientos sobre días asoleados pagaban el atrevimiento de sus piedras.
Ofelia recordaba cuando su Padre abandonó el bahareque donde vivían. Fueron noches de lloviznas en un patio escondido que había dejado de ser central. Muchas deseaban que volviera y de repente vieron como desde lo lejos venía un hombre machete en mano con un racimo de cambures en el hombro, era tanta la ansiedad que muchas vieron en aquel aparecido a un Padre y corrieron a alcanzarlo con los ojos cerrados, lloras pujantes y abrazos dilatados, quizás desamparados.
Por eso la pierna izquierda de la llovizna se detuvo. El grito que llevaba se apagó de repente pero no se sintió avergonzada. ¡No era él!  Después fue buscado por entre calles harapientas de un pueblo que no era el suyo. En sus recorridos aprovechó para preguntar a todo aquel que pudiese ser su amigo, pero no fue fácil hallarlo, decidió irse a un nuevo afluente que formó.
Pasó atormentada por momentos de soledad y angustias, luego anduvo entre tardes dormidas al pié de algún árbol indefenso, pidió hasta enfermase con la angustia de otra ciudad, consiguiendo hacer desde el encuentro de las aguas el lugar de las lloviznas juntas.
Columna La Mucuy 
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domingo, 12 de enero de 2014

Curruchete

Por Miguel Jaimes. Cuando en los fogones de trapiches antiguos comenzaban a arder las piedras, entonces se cocían cientos de horas que se encontraban acomodadas, mientras iban recibiéndose los días de San Juan. Por eso todos comentaban que el curruchete era el dulce de los santos solitarios.  
Las cañas ardían cuajando litros de panelas consumidas entre vapores espesos. El papelón se parecía a la edad de la soledad de los cementerios. De aquellos sitios saldrían colores que permanecieron silenciosos, eran los recuerdos de algunos que aún logran escaparse en los días de San Juan.
El queso escogido para la unión de aquel melao sería del ordeño de vacas tiernas, todas criadas sobre terrenos atendidos por hombres, quienes repetirían con sus sagrados dedos los primeros suspiros de aquellos momentos con aromas de chocolate.
La honestidad no venía completa, pues se mantenía viva con el compromiso del curruchete y la fusión del queso con guarapo espesado por fuego, dedicados a representar verdaderos compromisos, sellados sobre sueños de dulcísimos sabores.
La fe en la firmeza de San Juan daba sinceridad a los sueños de los apurados. Por eso la vida sería capaz de colocarle suerte a un niño, cosa que daría las fuerzas y protecciones esperadas en unas tierras frescas.
El curruchete es la contraseña para la hoja de los tiempos, verificando las luces de los aluviones resguardados, ya que todos vendrían depositados como melaos de prosperidad, pero sus entregas les cubrirían secretos a los beneficiados.
En cada una de las bodeguitas las conservarían guardadas por entre rincones de vidrios ahumados, quedando tapados sobre infinitos mesones de maderos arrugados, como piezas dormidas en épocas sin descansos, solo despertados por los campanazos de recados aguardados.
Era un dulce de melado con pan y queso, solo que llevaba las bendiciones de San Juan y él los repartía en los inicios de su celebración. Eran sus compromisos en los comienzos despedidos, cuando las presencias de los santos desempacaban y retocaban sus mantos.
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sábado, 4 de enero de 2014

Arcadas

Por Miguel Jaimes. Bajo unos días copiosos de lluvias intensas, casi interminables, venían anunciándose feroces aguaceros cubiertos de inocentes rayos de un desaparecido sol. Justo en esos instantes aparecían fucilazos de colores doblabas, dejándose inclinar en cada en cada una de sus puntas, dando la impresión que en el medio de su doblez se astillaría el arco que descansaba entre una y otra cuneta de un naciente rio. 
Si se daba casi en el medio de tardes lisonjeras cayendo directamente en la piel, desataban un profundo dolor al cual se le atribuía el nombre de picada de arco. Entonces rápidamente había que rejuntar madera muy seca, sin hojas ni chamizos, aquellas que contuvieran el aroma de las ramas calientes, esas que una vez cuando estuvieron en su verdor, fueron capaces de curar fríos intensos, hasta los depositados en viejos cajones donde se guardaban las morocotas o en los miedos que dejaban espíritus sorprendidos por inconclusos adolescentes.
Había que bajar muy de mañanita y buscarlas frente a la ultima chorrera sobre resbaladizas cascadas, pintadas de verdes antiguos que escurrían como melenas de piedras adornadas por las gotas sucedidas en las inundaciones de Luna Llena, justo cuando se ahuyentaban las aparecidas cabelleras desoladas de milagros asustados.
Eran verdores de bejucos venían con arcos salvadores inundados de secretos escritos sobre cartas de fin de año, desde estos sueños se contenían letras que desatarían sueños de jornadas asombrosas, almizcles endulzados con vinos dulces los cuales serían entregados en una desaparecida noche con el cristal de la navidad.
Se iniciaban las sobas de niños descuajados, curados desde manos viejas llevadoras de la sobrevivencia de sus vidas bajo los secretos mejor guardados, solo salidos cuando la premura de un trance hacia aparecer la necesidad de poder intervenir rápidamente.
Eran seres guardados en silenciosos cuerpos, aparecidos con la misión de poner bajo el recuerdo los giros de los suspiros bajo curvas principales oídas bajo llantos de garuas anunciadoras de arcadas.
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viernes, 20 de diciembre de 2013

Capricornio

Por Miguel Jaimes. Son los días del poeta Hermes Vargas. En los días de Capricornio es su cumpleaños. Su madre cuenta que al nacer no lo veía, pues era muy pequeño. A partir de entonces su vida se inclinó con su signo, artista, pintor y agraciado.
Su perseverancia lo llevó a tomar lo más difícil de las artes plásticas, colorear, dejar sobre lienzos, cuadros y hasta en los platos de la cocina finos y relucientes colores. En cada unas de aquellas pinceladas van dibujadas los encuentros de todas sus vidas.
Toma vino desde una copa que en una de esas noches borrachas se quedó enganchada en sus dedos, cuando un avión lo sorprendió atrapado en las letras de sus poemas por las calles desoladas de toda Europa.
Su nombre es poeta, solo que algunos por formalidad lo llaman Hermes Vargas. Cada día de vacaciones es aprovechado por su ingenio y risas suaves, pero con voces roncas y muy agudas para organizar juegos con niños que considera hijos propios.
Mantiene una biblioteca secreta, jamás nadie ha podido podrá llegar a conocerla, toda es cuidada por su furioso perro. Organiza muestras de pinturas destacadas por no ser colectivas. Realiza colecciones secretas y grita que los cuadros no se venden y que en el salón de clases no se duerme.
Recuerda viejos compañeros y los viajes con una novia francesa desconocida hasta en las aduanas. Todos corren cuando lo sorprende el Spleen y el Saudade. Ve sueños a traves de sus libros, cuadros y todo lo que pinta.
Muchos pudieran creer que apenas nació en 1958 pero la verdad es más joven de lo señalado por muchos. Con un estruendoso vozarrón señala que es joven y los demás son más antiguos que sus sueños.
Colorea, repinta, borra y remarca figuras de alazanes briosos, nobles, solitarios, empapados sobre la cabalgadura de un rocín mágico despavorido entre tonalidades colgantes. Algunos lo siguen para encontrar con él un asombroso árbol de manzanas azules, dice que sus frutas lo harán eterno y será recordado entre desprevenidos equinoccios de colores despavoridos.     
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jueves, 12 de diciembre de 2013

Arca

Por Miguel Jaimes. El Bejuco de Arca nace de los días previos a la navidad. Se da con las mañanas cuando la expansión del Yaraguá es incontrolable, naciéndole una espiguita morada por todas partes y dando la impresión de crecer como cobijas que arropan las montañas que recibirán al Niño Jesús. Anteriormente salía protegido entre amarillos pálidos silenciosos de los sembradíos del trigo curador en las montañas de La Mucuy.
Las hojas del Bejuco de Arca son utilizadas para dar el inicio a la calentada de cientos de hallacas las cuales arderán desde mesones encementados, unidas a hornillas avivadas por vapor de agua hirviente, azuzadas por fieros leños los cuales harán chamuscar enfiladas piedras congeladas que cubrirán las horas sin descanso de esta navidad.
Platos navideños acompañados de pancitos inocentes serán repartidos sin cesar hasta el último día en que el canto de un aparecido gallo navideño anuncie pérgolas abrazadas.
Los cabitos de ceras serán velados, sobre todo los de color amarillo, capaces de espantar ruidos que vendrán en un futuro año bisiesto. Es el mes en que los entierros desaparecen y muchas animas se anidan en lejanía, huyen de nidos de pólvoras incendiadas de fuertes ruidos y de relucientes colores. Son momentos en que pocos milagros podrán esperarse.
Pero después de las paraduras todo volverá a la normalidad y espíritus espantados volverán a ocupar sus lugares de siempre. Pero de nada habría que preocuparse, pues cientos de pesebres alumbrados darán la garantía que este mes especial estará protegido por una errante estrella navideña que naufragó durante varios meses, hasta que encontró alojamiento en su mes número doce.
Pero con los Bejucos de Arca se construirán cientos de arcadas las cuales cubrirán desde los pórticos de hogares los alimentos de la tierra que darán la prosperidad del venidero intervalo.
Un gran hueco se abrirá en el cielo y desde allí se tragará las desesperanzas y los viejos sueños que impidieron revelarse en atrapados tiempos. Estaremos en la nueva oportunidad de un verdadero pesebre el cual existe en un lugar secreto de La Mucuy.
Columna La Mucuy 
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