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lunes, 16 de junio de 2014

El ornato… campo de guerra

Por: Adelfo Solarte. Me han dicho que en la ciudad de Mérida se empieza a librar la mejor de las batallas, una en la que no hay muertos ni heridos, ni muchos menos destrucción y caos. Todo lo contrario: es la batalla de la eficiencia en la atención de los espacios públicos. El ornato… campo de Guerra
Los ejércitos: por un lado la Alcaldía de Libertador, quien tiene  al frente al joven Carlos García, responsable de atender a la ciudad de Mérida en sus requerimientos de limpieza y ornato. Por el otro lado: la Gobernación del estado Mérida, encabezada por su titular, el gobernador Alexis Ramírez, claramente preocupado por demostrar que a través de la acción de organismos como Cormetur, se puede lograr que los ciudadanos vean quien trabaja y quién no.
Esta misma semana, en una conversa informal, el propio alcalde García me lo confirmaba: “Bueno, yo no sé si hay una batalla pero he notado que junto a los operativos y acciones de recuperación que emprendemos en la Alcaldía, casi siempre aparecen cuadrillas de la Gobernación haciendo un trabajo en la misma zona”.
Episodios de esta guerra afortunada, los hemos visto en la avenida Gonzalo Picón Febres. Allí, la Alcaldía efectuó un trabajo en tiempo record, de recuperación de la intersección con la calle Los Eucaliptos, frente al Mercado Periférico. Por su parte, la Gobernación sembró de plantas ornamentales, limpió y recuperó la llamada isla central de esa histórica avenida, una de las primeras de la ciudad.
¿Qué motiva a dos entes a enfrascarse en una demostración de quien trabaja más que el otro? Evidentemente la opinión pública. Es decir, ambas dependencias del poder – la una municipal, la otra estadal – buscan dejar en claro ante los ojos de los ciudadanos quién se está ocupando del trabajo, en un intento por crear un mecanismo de comparación que evidencie las deficiencias del otro. Y nada mejor que la calle para hacerlo.
Claro, puede ocurrir que éstas sean sólo especulaciones y en el fondo cada organismo simplemente esté obrando con seriedad ante sus responsabilidades.
Sea como fuere, lo interesante es que en cuestión de un mes la ciudad empieza a mostrar unos cambios evidentes en cuanto a mejoras en la limpieza de calles y avenidas, pintura de paradas, mantenimiento de áreas verdes y plazas, entre otras intervenciones que se agradecen.
De todas formas, de que exista un mano a mano entre una alcaldía y una gobernación no es cosa extraña en Venezuela. Podemos citar muchos ejemplos de estas batallas por el orden, el ornato, la eficiencia que se han protagonizado en distintos estados del país e incluso en la capital donde se mezclan acciones directas del gobierno central.
Un caso emblemático ocurrió desde mediados de la década de los noventa y durante 10 años sostenidos en la ciudad de Maracaibo. Alcaldía y Gobernación desplegaron sus mejores armas para  ocuparse de los espacios públicos y, en cuestión de pocos años, convirtieron a la Ciudad del Sol Amada en una tacita de oro.

¿Podemos estar en presencia de un escenario similar en Mérida? No tengo la respuesta pero, les juro que desearía que las exhibiciones de acciones públicas y de eficiencia se prolongaran por años. Y que gane el mejor…

martes, 10 de junio de 2014

Inventario vial… en rojo

Por Adelfo Solarte. Una de las evidencias de que  las ciudades crecen y se desarrollan la podemos encontrar en sus calles y avenidas.
He visitado pueblos en Venezuela, en los que solía pasar las vacaciones de mi infancia y me sorprendo de que las mismas callecitas por la que corríamos alegres tras un balón, sean las mismas que en aquel tiempo.
Por el contrario, algunas ciudades lucen irreconocibles: hay puentes, elevados, viaductos, nuevas avenidas, calles ampliadas y, en fin, toda la infraestructura que delata que estamos en presencia de una ciudad viva. Creo que Barquisimeto, Maracaibo y Valencia muestran algunos de estos rasgos positivos aunque, de seguro, no en la proporción ni en la magnitud que los habitantes de esas urbes desearían.
En el caso de Mérida hay buenas y malas noticias en este tema del desarrollo vial. Una amiga, que se fue a los Estados Unidos alrededor de 2005 y que en diciembre pasado regresó de visita por unos días a Mérida, quedó gratamente sorprendida de los cambios que observó en su recorrido desde Ejido a Mérida, en especial por las transformaciones urbanas generadas por el sistema de transporte masivo.
Le expliqué a esta amiga que la construcción del Trolebús había alebrestado las lógicas polémicas que las grandes obras de infraestructura suscitan entre los habitantes de las ciudades, y que había personas que deploraban los efectos que el trole acarreó a avenidas como a la Andrés Bello. Le dije que, sin embargo, otros consideramos al trole una obra que puede deparar muchos aspectos positivos para Mérida y que aún falta por alcanzar el ideal de “sistema” que la obra prometió para, solo así, ponderar el impacto que tendrá para la ciudad.
Lo que quiero apuntar es que si bien es cierto que en Mérida es larga la lista de obras viales necesarias y urgentes que le faltan al inventario urbano, también es cierto que en comparación con muchas otras ciudades del país, la nuestra ha sido una urbe con cambios evidentes en parte de su trama vial, fundamentalmente por el impacto que el trolebús ha generado. En pocas palabras, sino fuese por el trolebús Mérida mostraría casi un nulo avance en materia de evolución de su oferta de calles y avenidas.
De esa lista de las calles que nos faltan, destacan algunos proyectos que, como era de esperarse, se comenzaron a ejecutar y un buen día fueron entregados a ese dios que nos gobierna que es la falta de continuidad administrativa.
Por ejemplo: la perimetral sur, una vía a manera de variante, que partiría de la entrada sur de Ejido (más o menos frente a Makro, en Pozo Hondo) y que, trazada en paralelo al río Chama, desembocaría en Tabay, enlazando con la Trasandina. Es decir, permitiría llegar a la vía hacia el Paramo sin pasar por el centro de Ejido ni por la meseta de Mérida.
Otra obra: el viaducto norte de la Vuelta de Lola. Aunque poco publicitada, los últimos gobernadores han anunciado en algún momento que se ocuparían de este sistema de vías que permitiría ingresar a la ciudad sin pasar por Mucujún ni tener que enfrentar el minúsculo espacio de entrada y salida frente a la sede de Tránsito Terrestre. Se trata de una obra compleja pero necesaria.
Sobre lo anterior Vicente Alarcón, de la Dirección de Infraestructura de la Gobernación del estado Mérida, recientemente explicó que la obra en cuestión es un elevado, denominado Cinco Águilas Blancas, en la zona norte, entrada a la ciudad de Mérida por el sector La Vuelta de Lola, cuya inversión es de 82 millones de bolívares, “y el cual se iniciará en aproximadamente 15 días, una vez se cumpla el proceso de licitación y contratación de la empresa que la ejecutará; el mismo tendrá una longitud de alrededor de 200 metros”.
Una tercera obra que se  cuenta en la lista de las urgentes es el sistema de elevados para al menos tres nudos críticos de la ciudad: Pie del Llano, Las Américas con Calle 26 y Las Américas con Los Próceres.
Esperemos que la actual gestión pueda entregar al menos una de estas grandes obras. Sería un gesto para la ciudad que crece. 

lunes, 2 de junio de 2014

No toda moto mata

Por Adelfo Solarte. No toda moto mata. Pese a que algunos de mis amigos dicen estar hastiados de la presencia de motorizados – y se enfurecen cuando en las esquinas o frente a los centros comerciales ven amontonadas decenas de motos – en lo personal no tengo ningún sentimiento en contra de las motos como vehículo.
Estar en contra de las motos (de la máquina) es como estar en contra de los cuchillos. Un cuchillo, su existencia, no implica necesariamente que su destino será, de forma inexorable, la garganta o el pecho de algún desafortunado, como tampoco una moto significa que su poseedor es una persona con intenciones de chocarnos o robarnos. Como decía mi difunta abuela: “una cosa no lleva a la otra”.
Lo que sí está claro es que mientras más motorizados perciban que tienen puerta franca para cometer ciertos excesos por las calles, avenidas, aceras y hasta plazas de la ciudad, seguirán aumentando su influencia en la mala vida que ahora nos toca vivir en los espacios públicos.
Es decir,  si las condiciones sociales, institucionales, de gobierno, lo permiten, la moto - como máquina - será usada como el criminal que usa el cuchillo para delinquir.
En el fondo no es, pues, la moto e incluso tampoco el motorizado,  los responsables del caos (aunque suene desconcertante decirlo de este modo) sino las condiciones urbanas creadas que llevan a que tales niveles de incivilidad se perciban en el tránsito de las ciudades venezolanas, Mérida incluida de forma cada vez más protagónica.
Debe sumarse, adicionalmente, una extraña y a veces injustificada empatía política entre los motorizados organizados, y ciertos sectores del gobierno central,  relación que parte de la premisa de que mientras más libertad (libertinaje) se permita entre los motorizados, más apoyo político ganarán los que ostentan el poder. Allá ellos con sus relaciones en las que, si a ver vamos, no gana el pueblo, sino ciertos sectores que imponen su postura- en este caso una evidente anarquía vial – sobre los demás.
El tema de los motorizados debe estar en las discusiones urbanas del momento porque constituye un factor determinante de las relaciones actuales y futuras en el espacio público.
Para no ir muy lejos, en algunos conjuntos residenciales, donde funciona la figura de condominios, uno de los temas que toma forma en las conversaciones de los copropietarios es el relacionado con la motos, su ubicación y disposición, en espacios construidos hasta hace un par de años, para vehículos. Ahora, en no pocas residencias, varios copropietarios hablan de cómo colocar las motos en sus puestos: si delante del carro, si atrás o si a los lados. O si las motos deben ir en otro lado…
Si eso es así en los espacios residenciales, en la ciudad el debate es igual, o debería serlo.
Es decir, se debe discutir el papel de la moto y por ende del motorizado en la trama de la ciudad.
Hay varios aspectos a considerar para este tema: todo el mundo es libre de tener moto, así que cualquier intento por ir en contra de los deseos de alguna persona de poseer su moto es, de entrada, inconveniente y atenta contra la libertad de cada persona de comprar el vehículos que le venga en gana (carro, moto, bicicleta, caballo, etc.)
Otra cosa: todos pueden tener más de un vehículo. Aquel que tiene un carro, puede, si ese es su antojo o necesidad, comprase una moto.
Tampoco estoy de acuerdo con regulaciones extremas como aquella que limita a un pasajero por moto: ¿Qué decir de las cientos de madres que ahora pueden buscar a su hijo en el colegio con más comodidad y rapidez?
Pero por otro lado están las evidencias de un problema mayúsculo generado por el uso de las motos en ese ambiente de “dejar hacer, dejar pasar” que se ha construido gracias a la falta de acción gubernamental, de los organismos y, porqué no, de la poca reflexión ciudadana.
Allí están las revelaciones del Ministerio del Interior, Justicia y Paz, que indican que el 70% de los delitos urbanos son cometidos por personas que se desplazan en pareja y en moto.
Ni que hablar de los accidentes viales: hasta un 80% de los traumatizados en los hospitales son motorizados.
Lo cierto de este panorama es que ante la crisis económica y el deterioro de la capacidad adquisitiva de  muchas familias, la moto se asoma como un medio de transporte al alcance de quienes no pueden aspirar a un vehículo, de esos que no existen en los concesionarios.
Añádale usted las cada vez más precarias posibilidad de transito en las ciudades y tendrá mayores justificaciones para que la moto termine apareciendo como la extraña de la película.
Y lo otro, y que es lo que por cierto le da título a este escrito, es el anuncio que hizo el Ministerio del Poder Popular para Industrias de aupar la producción de motos de la empresa Bera, de 548 motos diarias a por lo menos mil 200 por día, con la idea de llegar a 2 mil diarias en un mediano plazo.
Vienen más motos y por ende deberían venir más discusiones para que las motos no sean un cuchillo para nuestras gargantas.
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martes, 27 de mayo de 2014

El largo tiempo del trole

Por: Adelfo Solarte. Recuerdo que cuando se iniciaron los trabajos del trolebús, en su etapa de la avenida Andrés Bello, aún este servidor trabajaba en el diario Frontera, periódico ubicado en Ejido, y ya que yo vivo cerca del centro de Mérida, el hecho de trasladarme hasta el trabajo me daba la oportunidad de monitorear casi a diario el avance de la obra. Hablo del año 2003, hace 11 años.
Habían muchos supuestos que en aquel entonces animaban (y aún hoy justifican) una obra de la magnitud del trole.
Por ejemplo, se afirmaba, en base a datos técnicos e incluso a experiencias previas de transporte en otras ciudades, que el trolebús, en tanto sistema, mejoraría la oferta del transporte para los habitantes de la zona metropolitana, hoy habitada por casi medio millón de personas.
¿Específicamente que quería decir lo anterior, en torno a las mejoras? … Bueno, que habría más unidades, que tales autobuses serían más modernos, más cómodos, más seguros. Que bajaría la contaminación ambiental ya que las unidades no generarían gases contaminantes, no emitirían ruido debido a que esos autobuses funcionan con electricidad, lo que reduciría o incluso eliminaría cualquiera de los efectos dañinos clásicos en buses de tecnología tradicional.
Todo lo anterior se ha cumplido y quien tenga dudas sólo tendría que hablar con los usuarios frecuentes del trole.
Pero otros supuestos aún no se han cumplido, básicamente porque este sistema de transporte masivo de la ciudad de Mérida sigue su lenta, tal vez lentísima, construcción, casi rivalizando en demoras y atrasos como los que vemos en el Sistema Teleférico, otra de las grandes obras que se construyen en suelo merideño a ritmo de somnolencia.
Y es que, como hemos afirmado en otros escritos previos sobre el trolebús, para que este servicio pueda apreciarse en toda su integridad y presuntos beneficios, tiene que mostrase como sistema, esto quiere decir a partir de una serie de rutas definidas que crean un circuito alimentado de manera constante y regular, al que se unen e integran de forma armónica el resto de la dinámica de transporte y en el que la transitabilidad y movilidad de toda la ciudad está construida y definida en función de apoyar al sistema.
Por ahora, lo que vemos del trolebús es parte de una sola línea. En este caso se trata de la Línea 1, que  lleva culminada dos etapas y de la que hace unos días se anunció una nueva etapa, la que podríamos definir como la tercera y última. En el proyecto inicial la Línea 1 seguía desde el sector Paseo de La Feria hasta La Hechicera, pero en el nuevo enfoque esa parte desde el centro hasta La Hechicera se denomina Línea 2.
En fin, no hay sistema al cual calificar, hay un pedazo, una porción, una parte de ese sistema, lo cual deja al trolebús en un estado de expectación general, ya que los que critican esta propuesta de transporte se basan en los precarios beneficios generales que el trole ha traído para la zona metropolitana en materia no sólo de transporte sino también de ordenación urbana.
En lo personal no soy opositor del trolebús, sino más bien un ciudadano entusiasta de los favores prometidos por el trole. Ahora que comenzó la parte final de la línea 1, vamos a darle al trole el beneficio de la duda y dejemos que al menos esté lista la primera de sus líneas, eso sí, con la crítica amarga de que tales anuncios de finalización de la primera línea llegan 13 años después que los trabajos se iniciarán un 6 de marzo del año 2001.
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martes, 20 de mayo de 2014

La cortesía: si la ves, dale la bienvenida

Por: Adelfo Solarte. No seré tan dramático y negativo como para decir que a los merideños no nos queda ni un rastro de cortesía. He tenido referencias de gente venida de otras zonas del país quienes, luego de visitar la ciudad de Mérida,  e incluso algunos pueblos de nuestro estado, se van con el buen sabor de haber compartido en una región en la cual sus habitantes aún practican la humana acción de sonreír, dar la mano, dar las gracias, desear los buenos días, ponerse a la orden.
Es decir, aunque los habitantes de más edad, esos que han visto el evolucionar de Mérida en el tiempo – de calmada e introvertida ciudad a urbe con ciertos aires cosmopolitas – consideran, estos abuelos, que es mucho lo que se ha perdido de cortesía, aún pueden verse rastros, vetas o,  para aquellos más pesimistas, piscas de cortesía en alguna calle o esquina.
Entonces me cuento entre los que creen que la cortesía, como rasgo humano deseable – indistintamente del punto del planeta donde uno se encuentre -  aún vive entre nosotros, que no se ha ido del todo y que es expresada en la cotidianidad de la vida sencilla que aún se suele practicar entre estas montañas.
Lo anterior no significa, sin embargo, que no existan razones contundentes como para estimar la urgente atención de la cortesía como patrimonio.
Hablamos de la cortesía como gesto nacido de  valores humanos como el respeto, la humildad, la tolerancia, la bondad. O sea: la cortesía como expresión continuada de previos valores de la gente, esos que se construyen al fuego lento de las tradiciones, de un modo de vida sosegado y alejado del atropellamiento de los demás.
Es buena la aclaratoria de este tipo de cortesía que merece atención en términos de rescate cultural, ya que en los tiempos que corren, la cortesía también ha sido llevada a los terrenos de la impostura, de barniz para el acompañamiento de prácticas comerciales que requieren personal altamente cortes, no tanto porque así les nazca como sentimiento humano, sino porque en los manuales corporativos la sonrisa suele ser parte de la mercancía que se coloca detrás del mostrador.
Y aunque se comprende que para atender a un cliente lo mejor es una sonrisa y unos buenos días afectuosos, ciertamente la cortesía que defendemos aquí o a la que hacemos alusión en estas líneas es la que habita en el trato más humano que hace parte del inventario cultural de la gente y que cobra forma espontánea en una buseta, en el mercado de verduras o en la cola del banco.
La cortesía es, desde el anterior punto de vista, un patrimonio y por ende debe ser visto desde la perspectiva de lo que representa en la identidad de la ciudad, tanto para sus propios habitantes como para quienes visitan a Mérida.
Debemos esmerarnos porque la cortesía reciba el estímulo para que se fortalezca a partir de la reactivación de los valores que la acompañan.
En ese propósito de hacer que la cortesía no se vaya, no desaparezca o no quede como curioso remanente de una Mérida de fotografía en sepia, se han anotado instituciones como el Grupo de Investigación Sobre el Espacio Público (Gisep), adscrito a la Facultad de Arquitectura y Diseño de la ULA, y desde el cual se ha construido, con el concurso de una gran cantidad de colaboradores, una estrategia sencilla pero necesaria para tenderle la mano a la cortesía, con el ánimo de que tome impulso como aspecto característico de Mérida.
Bajo el lema de “Bienvenida la cortesía”, en los próximos días en la ciudad se verán los gestos de aquellos que no desean que la cortesía se nos vaya.

Con un gracias, una sonrisa, un favor, una atención, la estaremos convenciendo para que siga habitando entre nosotros.

lunes, 17 de marzo de 2014

Colas: una experiencia de otro mundo


Por: Adelfo Solarte. En algún momento de nuestra historia reciente, las colas se convirtieron en parte del paisaje. Me refiero a las colas humanas frente a los supermercados, abastos y farmacias o, incluso, detrás de un camión desde donde se despacha uno o varios productos de la lista de los más buscados, como la leche completa en polvo, el azúcar, el aceite, el papel higiénico y la margarina, por nombrar  unos pocos.
Uno camina por la calle y, quiéralo o no, termina siempre pasando al lado de una cola imponente. Y es que pese a que ya estemos acostumbrados a ver colas por doquier, siempre nos sorprende su dimensión, lo  absurdo de su tamaño. El asunto es que las colas –en función de su morfología- representan, ni más ni menos, la medida exacta de nuestras desventuras económicas, sobre todo desde la perspectiva de un abastecimiento que habla de mesas vacías, angustia  y desazón.
Por lo tanto, las colas nuestras de cada día, han  generado un micromundo –su propio sistema  planetario– en el  que los ciudadanos gravitan en pos de cumplir el obligado ritual de hacerse con uno o varios productos que necesitan.
Por eso, comprender lo que llamaremos la tipología de las colas, que nos remite también a la “personalidad de la cola”, resulta importante en el intento de salir bien parados de nuestra incursión en el supermercado o en el abasto de los chinos.
Vamos a lo básico: las colas pueden ser largas o cortas. Pero, ¡ojo!: una cola “corta” puede ser una denominación engañosa a la luz de las actuales circunstancias. Si una cola llegó a tener un día 500 personas, el hecho de que otro día tenga 250 la hará ver como que, en efecto, es una cola “corta”, aunque sólo de ver la extensión de la fila nos den ganas de regresarnos.
Por lo anterior, sería mejor categorizar las colas como largas y “menos largas”. Otro dato a tener en cuenta es que algunas colas  - cual parientes mitológicos de la Hidra de Lerna o de Medusa – muestran  una discreta extensión pero tal evidencia obedece a  que de su cabeza surgen 3 ó 4 colas fundadas al calor del  caos que suele producirse en la puerta de acceso al comercio. En algún momento cada cola tendrá vida  propia  y reclamará prioridad sobre las demás,  indistintamente que haya surgido de la informalidad  o de la viveza de un grupito. Pero así suele ser la personalidad de algunas colas.
Por cierto, lo de la personalidad no es un dato  irrelevante.  Más bien aquellas personas que por necesidad u obligación se han hecho expertas en colas  –tal es el caso de muchas doñitas amas de casa–  se  refieren a éstas de forma curiosamente humana.  Así, una señora conocida, que luego de 4 horas había logrado comprar harina en Yuan Lin, me habló de la enorme cola como  si  describiera  a  una amiga: “Pues sí, ella es larga, no te lo voy a negar, pero se mueve bien”. Otro amigo, muy  poco dado a  hacer colas, me  advirtió  sobre lo que ocurría en una ocasión en Farmatodo del centro: “Ni se te ocurra hacer esa cola. Esa bicha no se mueve y además es violenta”.
Por lo dicho, me atrevo a decir aquí, científicamente –y  perdonen la presunción– que la personalidad de una cola es directamente proporcional al tiempo que hayamos pasado en ellas. Una persona experta, con amplia experiencia en colas, no se amilanará porque vea 650 personas paradas bajo el sol inclemente a la  espera de un tarro de mayonesa. Por el contrario, un  novato en colas, se lamentará si la fila le hace perder una hora de su tiempo.
Nuestra relación con las colas es de un grado tan  especializado que incluso existen colas de la nada   (algo así como la materia oscura que los científicos   saben que existe en el espacio pero de la que no   pueden mostrar mayores evidencias). ¿Cómo es esto? Sencillo: en el supermercado Ciudad de Mérida, hace unos días, había unas 30 personas, más o menos, en cola, pero dentro del local comercial no había ninguno de los productos más buscados. Un señor me explicó la extraña situación: “Sí, sabemos que no hay nada  pero estamos parados aquí para cuando llegue lo que tenga que llegar”. Es decir, las colas son a   veces un acto de fe.

Además, las colas están llegando a un grado tal de   protagonismo que, no lo vamos a negar, cuando  alguien ve una cola es porque, como diría una vecina “algo bueno llegó”. Y aunque el sentimiento anti cola nos embargue, la fuerza de gravedad de las mismas  cada vez va atrapando a más gente, personas que poco pueden  hacer para luchar contra esa fuerza de atracción que nos obliga a estar parados allí,  respondiendo a las reiteradas preguntas: ¿Epa, y esa cola es para qué?,  a lo que nosotros  responderemos: “Para lo que ella decida”. 
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domingo, 23 de febrero de 2014

Daño colateral


Por: Adelfo Solarte. En la jerga militar hablar de daño colateral es una expresión que, tras su tecnicismo, admite la posibilidad de que objetivos enemigos o amigos (no necesariamente militares) sufran los efectos de un ataque o una acción.
El ejército norteamericano, que por meter sus manos en medio mundo termina enfundando el garrote como un héroe al que nadie llamó, ha sido protagonista reiterativo de “daños colatereles” que suelen ser explicados con la frialdad estadística que distingue a los que empuñan las armas.
Por lo tanto, a mayor dinámica bélica, mayores posibilidades de embarrarla, como gráficamente dicen los jóvenes de hoy. Por ejemplo, Israel efectuó un bombardeo, en 2006, sobre una vivienda en la aldea palestina de Qana. Los que se animaron a atacar – al menos eso fue lo que justificaron - pensaban que el lugar era una base desde donde el grupo Hezbollah lanzaban cohetes hacia territorio israelí. Pero no: en la casa sólo habían mujeres y niños que se refugiaban de los enfrentamientos. La cifra final de muertes: 57 civiles, de los que 37 eran niños inocentes. El informe de los israelíes explicaría que esas muertes había que anotarlas en la sección de “daños colaterales”. Algo así como “no era esa nuestra intención, pero ocurrió”.
Por las evidencias que va dejando la historia y no obstante su enmascaramiento, el daño colateral es un invitado fijo en una guerra o enfrentamiento entre dos bandos. Es decir, pese a su presunto carácter eventual opera como parte de las acciones premeditadas de los que están en pugna.
El concepto de daño colateral se aplica también a campos no necesariamente bélicos. Un amigo que trabajaba en un supermercado me explicó que en los grandes establecimientos existen cómputos en lo referente a pérdidas para toda la mercancía que la gente dañará, romperá e incluso robará en su visita al establecimiento. Algo así como el daño colateral generado por una acción tan doméstica como ir al mercado.
Lo que si demuestran los hechos es que los dos bandos que se confrontan suelen justificar como válidas esas situaciones tangenciales que surgen de los ataques o arremetidas hacia el otro. Es decir, si para Israel el ataque a Qana fue un daño colateral, para Hezbollah que un cohete caiga sobre población hebrea es una situación que se entiende como razonable dentro de su lógica de resistencia.
Hay,  pues, una pragmática de la confrontación que no parece dejar lugar ni espacio a los humanos sentimentalismo.
Si situamos lo anterior en el escenario actual de protestas en Venezuela, caeremos en cuenta de que cada bando llega a veces a justificar lo injustificable, siempre en función de los objetivos trazados.
Un ejemplo a la mano: yo vivo en Residencias Cardenal Quintero, uno de los epicentros de las protestas en Mérida. Si bien debo admitir que aquí existen residentes que apoyan las protestas y su estilo confrontativo, también hay un importante grupo de vecinos que rechazan el hecho de que decenas de manifestantes – muchos de ellos ajenos a las residencias - hayan tomado los accesos a nuestra comunidad y se hayan instalado en nuestra garita de vigilancia convirtiendo el lugar en una especie de fortín desde donde repelen la acción de los cuerpos de seguridad.
La presencia de estos manifestantes es violenta en el sentido de que de forma inconsulta han tomado propiedad privada para plantarle cara al gobierno. Sus pertrechos de guerra incluyen desde piedras hasta bombas molotov. Para ellos, nuestra imposibilidad de usar los vehículos, de no poder sacar la basura, de estar a punto de quedarnos sin servicio de gas doméstico, de sufrir los efectos del humo de los cauchos quemados, de pasar noches en zozobra y miedo más otros “detalles” de la confrontación, son aspectos que deben anotarse como daños colaterales: “no era esa nuestra intención, pero ocurrió”.
Y por lo visto, como población civil que rechaza la confrontación violenta (aunque se esté incluso en contra del gobierno), también debemos estar preparados para el daño colateral que las acciones de la Guardia Nacional, la Policía e incluso los grupos armados motorizados paraestatales pueden infringir a nuestra comunidad en su intención de desalojar a los que mantienen la toma: disparos, perdigones, bombas lacrimógenas e incluso destrucción de vehículos, se justifican en nombre de la necesidad de “restablecer el orden”.
El daño colateral no sólo tiene una traducción física: la verdad, la información, las libertades, que son valiosos intangibles de la democracia, sufren en la confrontación. Los golpes vienen de ambos bandos. El gobierno que censura canales en un burdo intento por evitar que se denuncien sus tropelías, hasta ciertos opositores radicales que ruedan fotos de Ucrania jurando que son de Mérida.
Hay una única forma de reducir o gestionar de forma racional el daño colateral, en caso que lo veamos como inevitable: bajar la confrontación y acercar unas sillas a una mesa para que fluya el diálogo entre iguales.

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domingo, 16 de febrero de 2014

La tentación de la censura


Por: Adelfo Solarte. Si se era estudiante de periodismo por allá en 1989 también se era ávido lector del diario El Nacional y, por qué no decirlo, admirador de aquellos quienes como un equipo profesionalmente consciente de su responsabilidad, dejaron plasmada para la historia una de las mejores páginas del trabajo periodístico venezolano en el papel y la tinta de aquel diario.
Elizabeth Araujo, Roberto Giusti, Fabricio Ojeda, Régulo Párraga, Francisco Solórzano (Frasso), entre muchos otros, respondieron a la urgente necesidad de saber, de enterarse, de contar, de narrar lo que se vivió y sufrió en la Venezuela en aquellos aciagos días de represión y muerte, el 27 y 28 de febrero de 1989 y días sucesivos.
Tan crucial fue el trabajo periodístico desplegado por los reporteros de aquel diario El Nacional que semejante esfuerzo por mostrar ese retrato textual y fotográfico de lo sucedido en Venezuela en tiempos del paquetazo de Carlos Andrés Pérez, quedó registrado en un libro  que debería ser fundamental para todo el que se desempeñe como periodista: El día que bajaron de los cerros, una antología de crónicas e  imágenes paridas  por periodistas, al calor de la poblada de 1989.
De la contundencia socio política de los acontecimientos de aquel febrero de 1989  no queda  el menor rastro de dudas. En una intervención recordando la fecha, publicada en el diario Correo del Orinoco en febrero de 2010, el  presidente Hugo Chávez, calificó  al Caracazo como “la chispa que encendió el motor de la Revolución Bolivariana”.
Pero si bien el evento, el acontecimiento mismo, fue el combustible que movió la nave en la que se embarcaron los nuevos procesos sociales, su registro por parte de los medios de información también fue determinante.
Eran, estamos claros,  otros tiempos donde no había celulares, ni existía Internet como herramienta. Estamos hablando de 25 años atrás o para que suene más histórico, un cuarto  de  siglo en el pasado. Imperaban la televisión y la radio pero eran los medios impresos los refugios de la mayoría de los más comprometidos periodistas. Tal vez de allí la vitalidad  social de medios como El Nacional de aquellos años  y la incómoda cobertura que representó para el gobierno de turno (el de Carlos Andrés Pérez) el trabajo comprometido de los periodistas.
Es importante mencionar también que no sólo para el gobierno que lideró en su momento Hugo Chávez – cuyo legado político es el sostén del actual mandato  constitucional de Nicolás Maduro -  sino para una buena parte de las principales figuras que ostentan  el poder político dentro  del gobierno, la cobertura de los  acontecimientos vinculados al  Caracazo de 1989, representan un patrimonio de la historia nacional, de su memoria.
Por ejemplo, el año pasado la Asamblea Nacional organizó el foro “El Caracazo, un verdadero grito de rebelión”. Los  organizadores afirmaban  que  ese foro formaba parte de “las jornadas de reflexión y rescate de la memoria histórica sobre las víctimas de los gobiernos del llamado Pacto de Punto Fijo”.
En el sitio web de la emisora Alba Ciudad 96.3 FM, de Caracas, que apoya al actual  gobierno, se publicó  el año pasado una recopilación de imágenes del  extraordinario fotógrafo Francisco Solórzano bajo el título “El 27 de Febrero, captado por el reportero gráfico Francisco Frasso Solórzano”, material en el que hay un párrafo que reza  lo siguiente:
“Estas imágenes históricas sólo nos dan una lejana idea de lo que fue el 27 de Febrero de 1989 (y los días subsiguientes) para el pueblo venezolano. Miles de personas se lanzaron a la calle tras ejecutarse un duro paquete de políticas económicas a instancias del Fondo Monetario Internacional, que se materializaron en escasez y aumentos desproporcionados de alimentos y servicios públicos. El pueblo no aguantó más, y el gobierno de Carlos Andrés Pérez respondió con una represión nunca antes vista, que dejó miles de muertos”.
¿Hacia dónde nos lleva estas referencias de 1989?: hacia la constatación de que más allá del primario impulso de quien ostenta el poder de prohibir, censurar, frenar la cobertura, la imagen, el registro, el trabajo de los medios, la acción periodística, debe imperar la sensatez de dejar que el flujo de la información siga su curso, sin más límites de lo que pueda establecer la responsabilidad ética, pero también jurídica, de quien difunda.
Es obvio que lo anterior entraña un gran riesgo político o puede interpretarse como el harakiri que pondrá fin al control del poder.
No obstante, la historia, constatada por los que ahora les toca el ejercicio del gobierno, indica que es preferible juzgar los excesos de la información a posteriori – que para eso sobran leyes - que frenar su ejercicio al calor de los acontecimientos. O lo que es lo mismo, es preferible ver las crudas imágenes de 1989, surgidas del a Dios gracias oportuno lente de Frasso; o leer las humanas pero a su vez estremecedoras historia de aquellas crónicas periodistas que nos contaron el Caracazo, que lamentarnos como sociedad por su ausencia.
Los únicos que se frotan las manos con el silencio son los culpables. Por ello, partiendo de la premisa de que este gobierno actúa con respeto e integridad frente a su pueblo, incluso ante a aquellos que reclaman, protestan y adversan, no debería haber, en lo absoluto, razones para sacar del aire un canal, presionar medios o decidir que imágenes o cuáles no podemos ver los venezolanos. En suma, la libertad de información es un reflejo del grado de fortaleza con la que se mira y aprecia el propio gobierno. Es una prueba de democracia.
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lunes, 3 de febrero de 2014

La bandera de los desechos en Mérida


Por: Adelfo SolarteComo parte del Proyecto Cultura Ciudadana y Espacios Públicos, un grupo de profesionales ha sido llamado a integrar el equipo de trabajo que analiza, diseña y ejecuta algunas acciones tendientes a incidir sobre el concepto, a veces un tanto etéreo, de cultura ciudadana, aquí en la ciudad de Mérida.
Específicamente, este proyecto institucional cooperativo apunta hacia la “recuperación de la identidad del merideño a partir de sus espacios y vida pública ciudadana”.
Para ello el objetivo central se ha fijado en “emprender un proceso coordinado de recuperación de valores identitarios tangibles y no tangibles, vinculados a  la vida urbana de la ciudad de Mérida, a partir del uso de sus espacios públicos para la integración y el  enriquecimiento de la vida pública local”.
Quien anima esta iniciativa es el Grupo de Investigación del Espacio Público (conocido por siglas Gisep), una instancia de trabajo liderada por la profesora Maritza Rangel, adscrita a la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Los Andes. El Gisep recibe el apoyo de Venezolana de Teleféricos (Ventel), del Consejo de Estudios de Postgrados (CEP-ULA) y la colaboración de organizaciones merideñas como la Cámara de Comercio e Industrias del estado Mérida, por citar una.
Por supuesto que esa misión de incidir en la cultura ciudadana implica buscar escenarios concretos en los que se pueda hacer tangible la dinámica ciudadana y, por lo mismo, definir qué elementos coadyuvan a elevar el grado de civilidad y qué factores limitan o impiden el ejercicio de una práctica ciudadana consciente. Por cierto, en el Gisep, para efectos de un mínimo marco conceptual, se asocia el término de cultura ciudadana  al  “conjunto de costumbres, acciones y reglas mínimas compartidas que generan sentido de pertenecía, facilitan la convivencia y conducen al respeto del patrimonio común y al reconocimiento de los derechos y deberes ciudadanos”.
Pues bien, una de las áreas en las que es posible reconocer lo bien o mal que le va a una ciudad con respecto al tema del comportamiento de los ciudadanos es la referida al manejo de los desechos sólidos. Dicho llanamente: la forma como maneja lo que de forma genérica todos llaman basura.
En el caso concreto de Mérida, el proyecto que desarrolla el Gisep ha definido el tema del manejo de los desechos como un área prioritaria de trabajo. Las razones están a la vista: Mérida ha pasado en los últimos años ha convertirse en una de las ciudades venezolanas con mayor grado de conflicto derivado del mal manejo de sus desechos.
Por supuesto que en nuestro caso el problema es de muy arraigadas deficiencias, vinculadas con la poca continuidad política de las decisiones y acciones sobre el problema, con la apatía o la propia inconsciencia institucional, convidada con episodios de ineficiencia, partidización política del problema, hasta falta de recursos, limitaciones operativas y técnicas, hasta, por supuesto, una muy pobre contribución ciudadana a mejorar el manejo de los desechos que cada quien genera.
Esta suma de situaciones coloca el problema de la basura como una clara evidencia de nuestras debilidades como colectivo humano – ciudadano – en aras de atacar un problema tan básico como lo es la forma como generamos, almacenamos, recogemos y disponemos las 400 toneladas mensuales de basura que genera la zona metropolitana de Mérida.

La meta de alcanzar una respuesta política, institucional, académica, ciudadana, que se asiente en las decisiones técnicas más adecuadas y que cuente no sólo con los recursos para hacer viable las soluciones sino con la participación ciudadana como elemento fundamental, pasa por el reconocimiento de que no estamos haciendo las cosas como debemos y que nuestra cultura ciudadana, vinculada a este aspecto de los desechos, está lejos, muy lejos de ser la mejor. De esa autocrítica ciudadana puede derivarse, luego, una motivación para la acción. 

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viernes, 13 de diciembre de 2013

Sobre el compartir

Por: Adelfo Solarte. Hace unos días acerté a sintonizar en la televisión, por casualidad, uno de esos buenos documentales que suelen transmitir en el canal de National Geographic sobre exóticas y lejanas culturas. Deje tranquilo el control remoto cuando observé un rostro de rasgos indígenas, concentrado en la caza de una liebre. El personaje era más bien menudo, de tez tostada por el sol y el frío que pega en las alturas, arropado con varias pieles y coronado con un gorro colorido y notablemente grueso.
Era un hombre solitario,  de unos 22 años de edad - según contó en la entrevista – y aunque joven, ya calificaba como un verdadero experto en el arte de cazar sus presas para poder subsistir.
Contó que allá en las montañas de una región de China, cercana al Tíbet, la vida es sumamente dura. Explicó que todos los días hay que intentar proveerse de alimento, el cual es escaso. El cazador comentó con sencilla pero a su vez aplastante lógica que cada día es un regalo de vida y que corresponde honrar el aliento que nos da el creador con el esfuerzo cotidiano y constante de sobrevivir. Y eso incluía conseguir el alimento como primera norma. Cazar era para él un   acto de vida y aunque de una dureza extrema, servía   para honrar la vida.
Más adelante el mismo cazador contó que era norma   en esos parajes compartir la cacería con los escasos vecinos de la zona.
De allí que ese hombre menudo, tras un largo día de intensa y paciente cacería, de la que sólo pudo   lograr una pequeña liebre, preparó al animal, le quitó la piel (la cual sería usada para venderla en  el mercado) cortó la carne en trozos y los unió en una   especie de paila con un  puñado de verduras. De alguna forma  se comunicó con los otros cazadores de la zona  y  compartió el trofeo que ese día les permitía comer al menos una vez.
Esa escena sorprendente, la del compartir lo poco logrado con esfuerzo, me hizo reflexionar  profundamente en días sucesivos sobre lo que significa, verdaderamente, el compartir.
Por un lado, en el caso de este solitario cazador, quedó claro que la costumbre ordenaba compartir por una sencilla razón: la posibilidad de cazar es tan efímera que aquel que tiene suerte debe ayudar a otros a comer porque serán éstos quienes te pueden ayudar a afrontar un día de hambre. Es un compartir labrado por la  ferocidad de ese modo de vida pero que en el fondo es aceptado como parte de un ritual humano de hermandad. Es probable que si un buen día todos tuviesen la fortuna de una cacería productiva, compartirían casa por casa.
A los ojos de quien vive en una ciudad sometida a los rigores de la sobrevivencia – a veces en iguales términos de subsistencia   - compartir lo poco que    se ha logrado en un día de duro trabajo no deja de ser un ejercicio de estupidez. Algo así como trabajar para los    demás. “Eso no tiene  sentido”, me dijo un amigo cuando le  comenté lo  que había visto en la televisión.
En realidad visto el compartir en términos culturales tan pragmáticos como lo planteado en el documental de la televisión – te doy porque tú eres mi única opción de sobrevivencia – una práctica  semejante en nuestro entorno urbano y poco humano, sería algo menos que imposible.
Sin embargo, creo que existe el otro compartir, el que no entraña tal vez ese acto de sobrevivencia extrema pero que rescata el lado solidario de quien lo  practica.  El dar sin esperar a recibir nada a cambio. El dar parte del esfuerzo. El dar parte de nuestro tiempo. El dar parte de nuestro intelecto. El dar parte  de nuestros bienes. El dar parte de nuestros afectos. Por alguna razón todos hemos compartido algo y nos hemos quedado en silencio, sin anunciar nuestro gesto, sin promoción ni publicidad, anónimamente,  a disfrutar de ese sabor en el alma de sentir que aún  somos seres de bondad.

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martes, 3 de diciembre de 2013

Hollywood sin final feliz

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Por: Adelfo Solarte. La muerte del actor Paul Walker, protagonista de la famosa serie de películas de acción The Fast and the Furious (en nuestro idioma Rápido y furioso) ha conmocionado al mundo del espectáculo internacional y, en función de la fama del personaje, a muchas personas alrededor del mundo, venezolanos incluidos.
Los comentarios sobre el terrible final de Walker han llenado las redes sociales, en la mayoría de los casos con muestra de pesar.
Según las informaciones de varios medios en Internet, Walker falleció cuando el Porsche rojo deportivo en el que viajaba se estrelló contra un árbol y se incendió la tarde del sábado, en la localidad de Santa Clarita, en el condado de Los Ángeles. Walker no conducía pero iba de acompañante junto a otro hombre que también falleció en el lugar del accidente. Casualmente esas mismas calles de Los  Ángeles sirvieron de escenario para varias de las escenas en las que Walker, personificando al agente encubierto Brian O'Conner, aceleraba a más no poder los audaces vehículos que dan sentido a la taquillera película Rápido y Furioso (con ese nombre, es obvio que la película alardea de la velocidad sobre el asfalto).
Pues bien, con la certeza de que la tragedia de Paul Walker ha volcado la mirada, aunque sea de forma efímera, sobre el tema de los accidentes viales, tal situación nos obliga, en el mejor de los sentidos, a aprovechar este momento para recordar el paradójico final que la vida real – y  no el glamur y las candilejas de Hollywood   - le tenían reservado al famoso actor norteamericano.
Si bien en la película Rápido y Furioso parece natural poner el pie en el acelerador y esperar, por tal temeridad, el asedio de hermosas mujeres, la realidad es que la principal causa de muerte en las carreteras del mundo sigue siendo el exceso de velocidad.
Las cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) son pavorosas: “todos los años, más de 1 millón 300 mil personas mueren como consecuencia de accidentes en las vías de tránsito y nada menos que otros 50 millones sufren traumatismos. Más del 90% de las defunciones se producen en los países de ingresos bajos y medianos”, como Venezuela.
En lo que a nuestro país se refiere, cifras del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre indican que en el año 2012,  por ejemplo, más de 7 mil personas murieron en las calles, avenidas y autopistas de Venezuela, producto de siniestros viales. Esa cantidad, llevada a una calculadora, pone de manifiesto que cada día 20 venezolanos dejan su último aliento sobre el asfalto. Dicho de otro modo, cada 90 minutos, como mucho,  perdemos a alguien en un accidente de  carretera.
De ese total de desgracias viales, el 56% corresponde al exceso de velocidad, 17% a las imprudencias, 14% al la ingesta de alcohol, 8% al deterioro de la vialidad y un 3% por fallas mecánicas.
Venezuela ocupa el primer lugar, en cuanto a tasa de  accidentes, en comparación con el resto de los países de la región, donde la situación tampoco es muy buena.
Por ejemplo,  según la OMS, en el año 2007 murieron 6 mil 218 personas en Venezuela por accidentes viales. Ese mismo año en Argentina los fallecidos fueron 4 mil 063, muchos menos que en Venezuela, pero con la aclaratoria de que Argentina tenía  40 millones de habitantes ese año, versus apenas 27 millones y medio de Venezuela. Señores: tenemos un problema muy grave en nuestras manos.
En la película Rápido y Furioso, Hollywood sustituirá a Paul Walker por otro actor. Y en las pantallas el rugir de los motores seguirá escuchándose, trepidante, por las calles de Los Ángeles. En la vida real el cuerpo de Walker estará enterrado en algún cementerio, cumpliendo el mismo destino, crudo pero verdadero, que por lo menos les tocó sufrir a 7 mil venezolanos el año pasado. Es un duro final de película. 
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lunes, 25 de noviembre de 2013

Del voto y otros acuerdos

Por: Adelfo Solarte. El texto que sigue fue escrito el 30 de septiembre del año 2012, previo a las elecciones presidenciales del 7 de octubre de ese año, acto en el que resultaría victorioso el ahora fallecido Presidente Hugo Chávez Frías.
Desde aquel momento hasta ahora han pasado situaciones políticas que pudiéramos calificar, si bien no necesariamente extremas, al menos, sí, complejas y de delicadas repercusiones para el cuerpo social del país.
Cada vez que los  venezolanos acudimos  a votar lo  hacemos, como es de esperarse, con distintas visiones. Lo que buscamos con este escrito es que  pese a las diferencias políticas, el destino de la patria esté soportado en la posibilidad de reconocernos como habitantes de un país que no puede fragmentarse en función de las pasiones de un momento político que, a fin de cuentas, es sólo un   paso más en el largo camino de una vida mejor.
Aquí reproducimos el texto -  con las correcciones de  fecha que el caso amerita – ya que entendemos que siempre necesitamos recordarnos que la violencia no es una opción. 
El escritor mexicano Miguel Ruiz escribió el mundialmente famoso libro Los Cuatro Acuerdos, un texto de gran impacto humano surgido de las interpretaciones hechas a partir del legado filosófico encerrado en la sabiduría tolteca.
Los cuatro acuerdos del Doctor Ruiz pretenden ser una guía para conducirnos sin sufrimientos en nuestro tránsito por la vida.
Nuestros cuatro acuerdos electorales no tienen, ni remotamente, tan ambiciosa meta, pero creo oportuno manifestarlos dada la cercanía del proceso  electoral planteado  para  el domingo 8 de diciembre acto que implica la movilización multitudinaria de distintas visiones de país pero, confío en lo más profundo, todas movidas por la creencia de que podemos vivir mejor no sólo en términos materiales sino también desde la perspectiva espiritual, mental y afectiva. Es decir, también el propósito debe ser, sin más, alcanzar un país alejado de los factores que pueden activar el sufrimiento en sus distintas acepciones.
El primer acuerdo: votar
Ese debe ser el primer acto natural de quienes participamos en democracia. El 8 de diciembre implica levantarse temprano y acudir al centro de votación que nos corresponda y, civilizadamente, esperar nuestro turno de ejercer el voto por aquel que consideremos interpreta nuestra aspiración de vivir mejor. Pese a que no pronunciemos ni una sola palabra, votar, plasmar nuestro voto, implica un poderoso verbo, un discurso de lo que pensamos y deseamos. Por tanto, quien vota, más allá de los resultados, debe sentir que hizo su parte, colocó su ladrillo en la pared. Es un acto democráticamente liberador.
El segundo acuerdo: confiar
Si usted va a votar es porque confía en la posibilidad de que su voto se concrete tal cual lo ha expresado. Votar conlleva a depositar un mínimo de confianza en el proceso comicial. Además, no sólo las propias autoridades lo han dicho sino también las partes políticas que acuden al acto y algunos analistas internacionales serios: todo indica que el sistema electoral es capaz de producir resultados confiables. O lo que es lo mismo: la opción ganadora se corresponderá con la voluntad popular, más allá de cualquier elemento perturbador que se genere que, no obstante, no llegaría a empañar el resultado final.
Tercer acuerdo: respetar
Tal vez sea el acuerdo  electoral que más cueste concretar. Una vez conocidos los resultados, tanto ganadores como no ganadores deben exhibir su total capacidad cívica y madures democrática. Es el momento cuando se mide el talante pacífico y de respeto al otro, expresado por aquellos que han estado durante meses debatiendo y promocionando a sus candidatos. Respetar es más duro para aquel que no ha obtenido la victoria. Pero si hemos votado, hemos confiado, debemos comprender que el resultado es una expresión de una mayoría cuya decisión merece nuestro aval como partes actuantes en el juego democrático.
Cuarto acuerdo: trabajar
Aquellos que resultaron ganadores como opción política, me refiero a los ciudadanos que votaron por el candidato que sencillamente obtuvo más votos, tendrán al día siguiente de las elecciones el mismo país que habitan los que no pudieron alcanzar la mayoría. Eso implica hermandad, vecindad, unión entre iguales. La celebración, el festejo, al igual que la tristeza, e incluso la rabia, son compresibles emociones humanas pero deben tener su momento, su proporción. Luego, pasada la página de la historia electoral,  cada quien tiene una sola opción: trabajar para vivir y para construir aquello que justifica nuestra transito por el mundo: su felicidad, la de los suyos, la de un país mejor. Los que ganaron ciertamente lo harán con el ánimo y la esperanza de tiempos mejores. Los que perdieron siempre tendrán la opción de soñar pero, al igual que a los otros, les toca trabajar para alcanzar lo que desean.
Son cuatro a cuerdos sencillos pero cuya aplicación permite transitar una nueva etapa en paz y respeto, tal como se supone es el signo de los venezolanos. Votar, confiar, respetar y luego trabajar...Ese debe ser el acuerdo.

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lunes, 18 de noviembre de 2013

De Madrid a Mérida: ¿Qué hacer con la basura?

Por: Adelfo Solarte. Una de las ciudades más importantes de Europa estuvo, durante casi dos semanas, viviendo en  cuerpo y alma lo que los merideños padecemos desde hace meses: la acumulación de basura en cada esquina, en cada calle, en cada  plaza, en cada rincón de la ciudad.
Me refiero a la crisis de salubridad que mantuvo a la  capital española, Madrid, a un paso de declararse en  emergencia sanitaria. Este domingo 17 de diciembre, tras largas deliberaciones, las autoridades del ayuntamiento madridista y los sindicatos en pugna por lograr mejoras laborales, llegaron a un  acuerdo  que ha permitido suponer la vuelta a la normalidad, esto es: una ciudad que destaca por su limpieza y pulcritud pese a ser una las más pobladas del viejo continente con más de 3 millones de habitantes  (cantidad que  asciende a más de 6 millones si se incluye la  zona metropolitana).
La pestilencia, la presencia de alimañas, roedores así como el mal aspecto y aversión que semejante escenario produce en cualquier ser humano, fueron la nota resaltante de Madrid estos días de noviembre y pese a que ya el problema haya sido conjurado, puso en relieve algunas claves importantes sobre la   trascendencia del servicio de aseo urbano y domiciliario en las ciudades modernas.
Un primer aspecto que resulta evidente a partir de la crisis de la basura sufrida en Madrid durante estas dos semanas es que una ciudad -  sobre toda una de las proporciones de la capital de España - necesita de un servicio permanente y, digamos, profesional, de limpieza y recolección de desechos. Es decir, más allá de la conciencia cívica que los ciudadanos puedan manifestar llegará un momento en el cual se hará inviable la autorregulación de la producción de los desperdicios que diariamente genera la dinámica de la vida moderna, por lo que será impostergable la activación inmediata de los servicios de limpieza, so pena de terminar enterrados, literalmente, bajo la inmundicia.
Lo segundo es que los seres humanos, dados nuestros  hábitos de consumo actuales, somos verdaderas máquinas de producir desechos y que la huella que dejamos sobre el territorio, en cuanto a impacto ambiental, es proporcional al consumo y poder adquisitivo de los habitantes.
La crisis española demostró que pese a la vital necesidad de mantener la limpieza, la decisiones políticas, la gerencia, la gestión pública, juegan un papel  muy destacado en el camino de atender con urgencia este tipo de situaciones que puede golpear a cualquier ciudad y que la coloca contra las cuerdas en cuanto a su viabilidad como espacio para la vida. O sea: las crisis con la basura no son hechos anecdóticos sino verdaderas situaciones límites que deben ser atendidas. La clase política de Madrid lo comprendió a tiempo.
Ahora bien ¿Qué podemos tomar los merideños, Mérida como ciudad, de este ejemplo reciente de atención a una crisis generada por la basura, en este caso más allá de la inmensidad del océano Atlántico?
Parece claro que en nuestra ciudad el problema sigue campante, con la basura aún como dueña y señora de los espacios públicos.
Como los hábitos de consumo siguen siendo poco amables con el ambiente y como es imposible suponer una conciencia ciudadana que mitigue el impacto del mal servicio (asunto que de conseguirse sería a muy largo plazo) no queda otra opción que la acción decidida en el campo  de las decisiones políticas y de los entes de gobierno.
A las autoridades – sobre todo a las que asuman  la alcaldía de Libertador – les toca decidir en estas semanas si recibimos el 2014 con el rostro limpio o si las bolsas negras llenas de desechos sustituirán a las personas como los nuevos ciudadanos que caminan como si nada por las aceras.

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martes, 12 de noviembre de 2013

No somos distintos

Por: Adelfo Solarte. Cuando salimos al supermercado, o a hacer las compras en cualquier establecimiento comercial, no somos rivales. Me refiero a quienes solemos llamar chavistas, oficialistas o vinculados al gobierno –presuntamente ubicados de un lado del país– y los que se denominan o suelen llamarse opositores, antichavistas o cualquier otra etiqueta –colocados, falsamente, en el extremo contrario de los otros-. No somos rivales porque, sencillamente, pagamos con la misma moneda, en las mismas condiciones inflacionarias, los mismos productos que la escasez y la especulación nos permiten adquirir. Allí no somos rivales, en ese momento cuando enfrentamos la caja registradora y nos dicen “son 2 mil 300 bolívares” y miramos el carrito y sólo hay “tres bolsitas”. Allí somos iguales. Iguales, igualitos.
Tampoco somos rivales, ni especies diferentes, cuando salimos a caminar por la ciudad y un par de tipos nos apuntan con una pistola y nos quitan todo lo que cargamos encima. Allí no hay distinciones: la delincuencia, sépalo de una buena vez, no ve diferencias.
Tampoco somos distintos cuando –Dios no libre– tenemos un accidente y vamos al hospital. Allí la sangre es del mismo color y al aliento de vida lo sostienen los mismos hilos. Le imploramos y rezamos al mismo Dios y si no nos escucha derramamos las mismas lágrimas, iguales, igualitas.
No somos rivales, no somos distintos, cuando vamos a la funeraria. Ni al cementerio. En esos lugares la democracia suele gobernar o al menos un sistema justo donde todos, más allá de las flores plásticas o las naturales, terminarán en polvo.
Nos parecemos mucho, demasiado, cuando se va la luz en nuestra cuadra o cuando la buseta no pasa temprano. Tampoco nos diferencia el funcionario matraquero, que ante la taquilla del organismo nos pide el pago de un peaje injusto por hacer lo que el Estado le paga.
No somos rivales o, más bien, no deberíamos serlo, porque, en esta vida somos demasiados parecidos: jugamos para el mismo equipo, usamos la misma gorra. Son otros los que nos quieren separados.

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martes, 5 de noviembre de 2013

El extraño efecto del edificio recién pintado

Por: Adelfo   Solarte. Vivo en una zona muy urbanizada en la que hay más edificios que árboles. Es el Conjunto Residencial Cardenal Quintero, un pequeño espacio donde en once edificios se apiñan más de 400 apartamentos, en cada uno un hogar, en cada hogar una familia. Una familia, debo aclarar, en el sentido amplio: tres estudiantes compartiendo el alquiler, son una familia. La señora que cuida a su madre anciana, es una familia. Incluso es una familia la pareja del mismo sexo que decidió que más allá de los chismes de ascensor era preferible compartir amores de esto
s tiempos.
Claro, hay las familias  “típicas” con el papá, la mamá, los  hijos, la mascota y las deudas.
Lo que quiero decir es que donde vivo es un sitio común, una comunidad normal en toda ciudad  venezolana. Pese a algunos rasgos negativos descritos  más arriba, me gusta mi sector,  me siento bien con la mayoría de los vecinos y   porque,   además, aún mi ventana no ha sido tapada por otro edificio, por lo que de vez en cuando puedo mirar la montaña y hacer  el ejercicio mental de imitar el vuelo liberador de los pájaros.
Por lo tanto, en mis elucubraciones ciudadanas estimo que lo que pasa en Cardenal Quintero puede ocurrir muy parecido en otros espacios urbanos de Venezuela y ¿por qué no?, de Latinoamérica. Eso para no ir más allá de estas amplias fronteras culturales que representa nuestro continente.
Pero volvamos a Cardenal Quintero. Hace no más de tres años los vecinos  de una de las torres decidieron pintar su edificio. La decisión desató, como era de  esperarse, opiniones encontradas.  Alguien criticó la   decisión “unilateral”  de esos vecinos por pintar su edificio cuando en reuniones previas, entre todas las  juntas de condominio, se había decidido que habían  problemas de inversión más urgentes como, por   ejemplo, reparar la loza superior del  estacionamiento la cual muestra claros signos de deterioro y que   incluso pudiera venirse abajo el día menos pensado.
En resumidas cuentas, los vecinos de la torre en cuestión decidieron pintar haciendo una  cuantiosa inversión para que el trabajo quedara lo mejor posible. Pintaron su edificio de una bonita combinación de blanco y amarillo.
Sin que nadie lo advirtiera se desató el síndrome del edificio recién pintado. La torre lucía como una flor   en medio del pantano. La presión visual que se generó  empezó a producir cambios de actitud en vecinos  de  otras torres. 
La torre vecina a la recién pintada, inició sus trabajos de pintura eso sí, con colores propios. Y así la otra   torre, y la otra, y la otra.
En  cuestión  de meses la  totalidad de los edificios estaban pintados y aún hoy el efecto trascendió las fronteras  del Conjunto Residencial para  replicarse en comunidades aledañas.
Lo acontecido aún hoy me parece un interesante comportamiento social en cuya genética pudiera  encontrarse  la clave de un tipo de participación y  acción a partir de nuestras virtudes  y nuestros  defectos. Pienso que en las iniciativas para pintar los  edificios hubo algo de cierta “envidia”  y el típico  planteamiento de “nosotros no somos menos que   nadie” como gráficamente me lo espetó por todo el   cañón una vecina  para lo   cual  su  edificio  no  podía verse peor que el de la vecina de la torre 5.  Cuestión de una extraña alcurnia, pues.  
Es bueno advertir que la inversión para la pintura -necesaria por lo demás- era bastante superior a otras urgencias de nuestra  comunidad. Pero una sola pieza produjo un efecto dominó que dejó a un lado lo caro,  lo costoso de la inversión y las incomodidades.
¿Cómo participamos?, ¿Qué nos anima a hacerlo?, ¿Cómo lograr la unión de todos por un proyecto?... Me quedan esas preguntas y, les confieso, no sé si las respuestas están en el síndrome del edificio recién pintado.

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domingo, 27 de octubre de 2013

Mérida volvió por 4 días

Por:  Adelfo  Solarte. Guardo la esperanza de que cuando alguien lea este  mensaje – esta carta donde hablo de una ciudad que se apareció en nuestras vidas como una estrella fugaz, como un cometa errante – aún quede algo  que pueda dar fe de mis afirmaciones… Algún vestigio de lo que pudimos ver, escuchar, tocar…
Ya alguien me había contado de una ciudad que no podía ocultarse por estar ubicada sobre una montaña “Non potest civitas abscondi supra montem posita”. Mérida, la llaman. Una ciudad que invierte  la  dinámica poética, ya que no obliga a escrutar el mundo  de  las  musas para  unir palabras sino, simplemente, se ofrece tal cual es: un  cielo azul bruñido, la neblina enredada entre las barbas de palo de centenarios bosques…Una calle húmeda por la que caminan presurosos los alumnos de la universidad. Un libro abierto y alguien sentado frente  a éste. El frío imponiendo la dinámica del paisaje. Cuatro ríos empeñados en abrirse paso en una breve meseta.
Cuatro, por cierto, fueron los días en los que esa ciudad volvió a visitarnos.
Antes del jueves la mayoría de las paredes eran pieles desgarradas. Pero desde ese día,  si bien no todas, una buena parte estallaba de color, con obras que además de bien hechas, mostraban  las razones para sentirse orgulloso de vivir entre estas montañas.
Antes del jueves, por ejemplo, el viaducto del  centro, el gran    viaducto de  la 26, era una  grieta oscura. Un agujero negro donde la gente   caminaba  apresurada y donde la noche no invitaba a quedarse sino a huir. Luego vino la luz y el viaducto y la gente sonrieron.
Antes del jueves la basura era reina de los espacios, plaga apocalíptica, castigo inmerecido para  una ciudad  buena.  Pero la basura desapareció y de ella sólo había asomos de animal  herido.
Aún más extraño, los buhoneros se habían ido. Sé que parece un delirio pero eso fue lo que  al menos yo vi… Y sin  buhoneros,  había aceras  para  caminar, ciudad para  ver,   bulevares para pasear. Estamos claros: se cuenta  y   no se cree. Pero  hubo  más…
Policías en las calles, tránsito   regulado y vigilado. Un periódico incluso celebró que no hubo muertos en  las calles y que, al menos por esos días, los motorizados no tuvieron bajas en su cotidiana  pelea con  el   asfalto.
Jueves,  viernes, sábado y domingo. Mérida volvió. Esa era  la ciudad de la que  hablaban tanto los escritores, la  que  pintaban  tanto los artistas,  la que recreaban  los teatreros, la que cantaban los músicos.
Y verla fue  quererla tener. ¿Es pedir mucho,  digo  yo, una ciudad en la que las aceras sean para caminar y no para sobrevivir entre vendedores de ropa interior? ¿Cuándo secuestraron la claridad y nos  dejaron a cambio esquinas oscuras?… Como el poeta pido poco… Una ciudad en la que queramos vivir fuera de nuestras casas.
Cuando  esto escribo se calla la música y se escuchan los ruidos  finales de la fiesta que se recoge en la madrugada. Dicen que el lunes,  cuando nos despertemos, Mérida, la que fue, la que vino de vuelta, ya  no estará. Que era cosa de cuatro  días, como una llamada de un amigo en la distancia. Ojalá quede  algo  que demuestre que la vi a los ojos y que verla fue quererla  tener.


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domingo, 20 de octubre de 2013

Los enemigos de la escoba

Por: Adelfo Solarte. Hace unos días me referí en este espacio al problema que genera nuestra cultural inclinación a dar respuesta a los problemas mediante los famosos operativos. Concluimos con el hecho de que si bien los operativos están casi que “genéticamente” metidos en nuestra forma de  atender los problemas  que  nos  coloca la vida en ciudad, tal práctica nunca será mejor que la de organizar la actividad urbana  en función de la regularidad de las respuestas, no en el acto coyuntural, efímero y,  por lo mismo, poco efectivo de nuestros operativos.
Haciendo una lista breve de diez puntos, sobre cuáles son las áreas en las que suele emplearse la energía puntual de los operativos, nos conseguimos que básicamente se  refieren a limpieza y ornato. Hay otras áreas pero  esas son las más atendidas si a alguna autoridad le piden “hacer  algo por la ciudad”.  Es obvio que una escoba, una pala y una brocha obran milagros.
Siendo así, cualquier gobernante tendría que hacer espacio  en su agenda de trabajo para atender los siguientes diez puntos de acción gubernamental en pro de la ciudad: jardinería y poda, recuperación de fachadas, mantenimiento del mobiliario urbano, demarcación vial, iluminación pública, mejoras en la movilidad (vial y peatonal), plan de asfaltado o mantenimiento de calles y avenidas, atención a la ocupación de espacios públicos (vendedores informales, taxistas, motorizados) y mejoras en la seguridad pública.
Lo anterior es, para decirlo claramente, lo elemental, lo básico, lo obvio que deben hacer las autoridades municipales. Si a ver vamos, la atención a la salud, deportes, vivienda, gestión del riesgos, acceso a bienes, actividades culturales y recreativas, promoción de las artes, planes de desarrollo urbano, incentivo a la producción, desarrollo de servicios turísticos, atención a la ciencia y la tecnología, aumento y mejoras de las edificaciones escolares, todo  eso puede ser reclamado por la comunidad como necesidades urgentes y ¿Quién dice que no sea así?
Pero volvamos a lo obvio: esos asuntos que suelen atenderse cuando  hay que dar la impresión de que desde las oficinas de gobierno  se  hace algo… O sea la escoba, la  pala  y la brocha.
Aún con lo básico, cada acto de acción  debe tener en cuenta varios obstáculos que de no ser atendidos pueden echar por la borda incluso la más humilde de las acciones de atención, como puede ser barrer una  calle.
La lista de obstáculos supera con creces la de las acciones que deben emprenderse. Podemos mencionar, sólo para precisar a los enemigos claves de la gestión a: la poca o nula planificación, la falta de continuidad, la mala gestión de los recursos, la corrupción, el conformismo, la ineficiencia, la poca acción para concertar esfuerzos y voluntades.
Es decir, cada acción que se decida hacer para bien de la ciudad, debe toparse con un ejército de obstáculos cuya misión siempre ha sido la de impedir que se concrete el acto de mejora urbana.
Quiere decir que las autoridades que llevan el control  del gobierno de la ciudad (sobre todo  aquellos  que desean ocuparse de la cosa pública) deben no sólo hacer su lista de acciones sino, a la par,  identificar en  el camino los obstáculos que sobrevendrán. Tal vez así podamos, por lo menos, sacar la escoba y hacerlo  bien.

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